Otegi quiere ¡democratizar España!


Él mismo lo ha proclamado con orgullo. Él, un personaje cuya trayectoria podría formar parte de aquella Historia universal de la infamia en la que Jorge Luis Borges nos cuenta de impostores, asesinos y piratas. Incluso el título de uno de esos relatos deslumbrantes (El atroz redentor Lazarus Morell) le iría como anillo al dedo a Arnaldo Otegi, que ahora, ¡pásmense!, pretende ¡democratizar este país! ¡Nada más ni nada menos!

Vean si no: «Nosotros vamos al Congreso y al Senado a parar a la derecha fascista y a abrir ventanas de oportunidad a la democratización del Estado. Nosotros estamos allí para hacer exactamente eso», dijo este lunes el atroz redentor Arnaldo Otegi, quien añadió, para ignominia de los beneficiarios de su estrategia democratizadora: «Formamos parte del bloque que expulsó al PP del Gobierno de España. Estuvimos en la moción de censura y participamos en la moción de censura. Estuvimos en el bloque que posibilitó la investidura de Sánchez y estuvimos en el bloque que posibilitó el Gobierno de Podemos y el PSOE». Y todo, claro, para impedir que «la derechona» gobernase.

Basta leer esas palabras para entender que Otegi y sus compinches creen que su lucha (Sein Kampf) es ahora la misma que ocupó su vida entera. Porque a falta del más mínimo arrepentimiento o autocrítica, de la más mínima condena por sus muchos años de actividades terroristas o de apoyo a las que otros realizaban, caben ya pocas dudas que ese «hombre de paz», según palabras textuales de Rodríguez Zapatero, ve una plena coherencia entre sus acciones pasadas y presentes.

Junto con su cómplice Luis María Alkorta Maguregi (alias el Bigotes), Otegi (alias el Gordo) secuestró en 1979, durante diez días, al ingeniero Luis Abaitua, entonces director de la planta de Michelin en Vitoria, «dando cumplimiento a las consignas y órdenes recibidas de la cúpula de ETA-PM», según consta en la sentencia que los condenó una década después por detención ilegal. El objetivo del secuestro era, seguro, aislar a la derechona y contribuir con ello, como ahora, a la democratización de España, que en 1979 había aprobado ya una Constitución que según es de todos bien sabido perpetuaba la dictadura militar que había comenzado en 1939.

Ese demócrata admirable que fue siempre, sin duda, Arnaldo Otegi comenzó entonces una historia política que, ya como miembro activo de ETA a través de las muchas marcas comerciales de la banda terrorista (entre ellas Batasuna, Herri Batasuna, Euskal Herritarrok), constituiría el nervio de las actividades de quien siguió luchando por la democracia mediante un apoyo sin fisuras a las miles de acciones criminales etarras, entre las que destacan 857 asesinatos.

Sería inimaginable que un gobierno democrático en Europa aceptase formar mayoría con un sujeto así y un partido con esa trayectoria. Pero a Sánchez no le importan las siglas (salvo las del llamado trifachito), ni le inquieta el pasado, salvo nuestra Guerra Civil, que no acabó, como ETA, hace nueve años, sino 80.

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