El suicidio de Rosario Porto


«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». Así comienza La Familia de Pascual Duarte, quizás una de las obras cumbre de nuestro paisano, y premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela. Evidentemente la vida del protagonista de la novela del de Iria Flavia no es en absoluto comparable a la vida de lujo llevada por la madre de la pequeña Asunta hasta que fue detenida por el asesinato de su hija. Pascual era un desheredado de la fortuna. Rosario una afortunada. Quien esto escribe es un ferviente admirador de la obra de doña Concepción Arenal. Su frase más conocida, «odia el delito y compadece al delincuente», me acompaña a diario allá por cuanto juzgado de instrucción visito. Cuando los abogados asistimos a un delincuente nos resulta muy difícil no preguntarnos cuál sería nuestra forma de actuar si lleváramos la vida de quien allí se encuentra detenido. Muchachos sin niñez que crecieron próximos a las drogas, malos tratos, robos, asesinatos y delincuencia en general. Obviamente es más fácil ser un buen ciudadano habiendo crecido en una familia estructurada, con todos los cuidados del mundo y con acceso a la educación. Quien niegue eso no ha reflexionado lo suficiente al respecto. Raskolnikov en Crimen y Castigo. Pero el caso de Rosario Porto es distinto. Por mucho que se haya llevado su secreto a la tumba le venció el remordimiento, el peor de los compañeros de celda. Pensaba Jean-Jacques Rousseau que «el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo corrompe». Eso le pudo pasar al Pascual Duarte de Cela. Es más, estoy seguro de que así fue. A Rosario Porto, condenada a dieciocho años de prisión a pesar de la brillante y profesional defensa que en su día tuvo, habría que aplicarle la locución latina Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Por mucho que lo pienso no puedo hallar crimen más execrable que asesinar a tu propia hija.

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