Los abrazos rotos de «Patria»


A Ernest Lluch lo mataron hace veinte años. Cómo es la cabeza, que engancha los recuerdos como quiere. La frase es de Bittori, personaje central de Patria. ETA asesinó al hombre que impulsó el modelo que universalizó la atención sanitaria en España. Y, como dice Bittori, la cabeza tiene sus caprichos, y asoma de repente aquel discurso de Lluch en el País Vasco, en un plaza acordonada, en la que radicales gritaban para interrumpir su intervención. «Gritad, gritad más, que gritáis poco, porque mientras gritáis no mataréis». Era el 99. Camino de las elecciones municipales. Lluch celebraba «con alegría» que no habría muertos durante la campaña. Porque ETA había declarado una tregua temporal. La rompió ese mismo año. Y al siguiente mató a Lluch. Parece que fue hace un siglo. Por eso, y porque las cabezas se enganchan a los recuerdos que quieren, se agradece tanto una serie como Patria, que regresa a aquel dolor del disparo, la lluvia y el silencio; que contempla los escombros de dos familias y da marcha atrás para contar su proceso de demolición, más allá de las consignas, del discurso político, de la pancarta, de la foto, de los engranajes del poder. Allí donde se cambian las vidas, donde se fabrica el vacío. En la calle y en casa. Hay que acompañar a estos personajes, a esas dos protagonistas entre las que se va abriendo un abismo. Elena Irureta y Ane Gabarain dan vida a dos mujeres que lo dicen todo cuando callan, con lo que tragan y con lo que se guardan. Hay retales de esta historia que se habían relatado como un thriller, incluso como un western. Pero había una deuda pendiente. La del drama. El gigantesco drama al que no se le debe proporcionar la segunda muerte del olvido.

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