Inconsciencia y arrogancia


Más de dos semanas después de la elección presidencial en Estados Unidos, que tuvo lugar el 3 de noviembre, el presidente en ejercicio, Donald Trump, continúa sin reconocer su derrota frente a su rival, Joe Biden, pese a que el candidato demócrata, que obtuvo casi seis millones de votos populares más, tiene prácticamente asegurados 306 votos en el colegio electoral -que decidirá finalmente la presidencia el 14 de diciembre-, frente a 232 del republicano. No es una sorpresa, pues había anunciado reiteradamente, antes incluso de que la elección hubiera comenzado, que si perdía sería por fraude.

Los innumerables recursos que ha presentado su legión de abogados, que llevan meses preparándose para ello, tendrían que lograr cambiar el resultado al menos en tres estados en disputa para poder dar la vuelta a la elección presidencial. Esto no va a suceder. La mayoría de los recursos han sido ya rechazados por falta de pruebas, y cada día que pasa disminuyen más las posibilidades de que pueda prosperar alguno de suficiente importancia como para llegar al Tribunal Supremo, en cuya mayoría conservadora podría tener aún Trump sus últimas esperanzas.

Esta actitud obstruccionista no va dirigida tanto a un improbable vuelco de la situación como a deslegitimar todo lo posible la victoria de Biden y mantener la cohesión ideológica de sus seguidores, además de salvar en lo posible su imagen. Al menos para los que le creen -un 70 % de su electorado-, su salida no será tan humillante, y con su victimismo deja la puerta abierta a presentarse de nuevo a la elección presidencial en el 2024, ya que solo ha ejercido un mandato. Su resistencia a abandonar el poder podría deberse también a las imputaciones que le esperan -especialmente fraude y evasión fiscal-, y es posible que trate de utilizar su resistencia para conseguir garantías de inmunidad cuando deje la Casa Blanca.

No se puede ignorar que Trump ha superado los 73 millones de votos, diez millones más que en la anterior elección que le llevó a la presidencia, y muchos de ellos se deben a su estilo directo y políticamente incorrecto, que seduce a buena parte de los electores republicanos. Nadie quiere enfrentarse en el partido republicano a esa masa de votantes, y por eso la mayoría de sus líderes mantiene oficialmente su apoyo al presidente. Aparte de que aún no se ha decidido la composición del Senado -los dos escaños de Georgia se dirimirán en segunda vuelta a principios de enero-, y para los republicanos es esencial retener una mayoría en la cámara alta que les permitiría dificultar gravemente los nombramientos y políticas de Biden, lo que les mantiene en la pelea. No obstante, cada vez más republicanos piden al presidente que vuelva a la sensatez, y lo más probable es que la transición se lleve a cabo de la forma habitual y ordenada.

En todo caso, el daño ya está hecho. Tanto en la penosa imagen que está dando Estados Unidos en el exterior, que costará revertir, como en el interior, donde el impasse político está impidiendo a Biden realizar los preparativos necesarios para asumir la presidencia, mientras nadie controla el agravamiento de la pandemia de covid-19 y el actual presidente sigue tomando decisiones, como la de retirar tropas de Afganistán e Irak sin consultar con su sucesor, que deberá gestionar las consecuencias.

La población está sometida a un terrible estrés por la posición de su presidente, que no hace sino tensionar aun más la profunda división ideológica y social que ha alentado durante su mandato. Ya ha habido incidentes violentos y puede haber más en el futuro. Parece que Trump, como Sansón, no quiere morir -políticamente- sin terminar de destruir la nación que con tanta inconsciencia y arrogancia ha dirigido.

Por José Enrique de Ayala Analista de la Fundación Alternativas

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