Enigmas tras el suicidio de Rosario Porto

Juan Campos Calvo-Sotelo AL DÍA

OPINIÓN

lavandeira jr | Efe

20 nov 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

La narrativa de un plan conjunto homicida por parte de Rosario y Alfonso elaborada por el juez Taín y secundada por la fiscalía y la acusación popular, que fue refrendada por el jurado, sin carecer de ciertas evidencias, no era la más plausible. Esa hipótesis chocaba frontalmente en muchos momentos con los hechos. Es psicológicamente ingenua. Hay otra narrativa, más plausible, basada en los mismos hechos probados.

Hay cierto tipo de crímenes en los que no hay otro móvil que el deseo de dañar a la víctima. En estos casos el móvil reside en las complejidades psicológicas de una personalidad perturbada, que se inclina al mal por satisfacer emociones destructivas ancladas en lo más profundo de su mente. No hay espacio para ahondar en el origen biográfico de este tipo de personalidad, basta con mencionar la obra de Alice Miller, de Dorothy Lewis o de Jonathan Pincus y su énfasis en los traumas infantiles basados en maltratos físicos o abusos sexuales severos.

Los informes nos dijeron algo del carácter y la biografía familiar de Rosario Porto como para comprender que se trata de una persona desequilibrada, escindida, sometida a una madre asfixiante. Esa personalidad podría arrojar luz sobre el punto más débil de la tesis de las acusaciones, la aparente ausencia de móvil, y la discordancia flagrante entre la inteligencia de los acusados con el descuido con el que se realizan las sucesivas sedaciones durante los meses anteriores al crimen, la manera en que se lleva a cabo este y el lugar y manera en que se abandona el cuerpo de Asunta. Cualquier cosa menos un crimen planeado durante meses.