Derechos del niño o derechos de los padres


Un año más llega el 20 de noviembre, Día de los Derechos del Niño, pero uno, que tiene el gran privilegio de vivir con niños en situación de desprotección todos los días del año, se tiene que preguntar si en realidad ese derecho está solamente en la Declaración Universal de los Derechos del Niño o trabajamos para que se cumpla. Realmente, creo que no.

Trabajar por los derechos de la infancia es darle a todo niño la posibilidad de sentirse único, es trabajar por conseguir que todos los niños (también los que viven en situación de vulnerabilidad) tengan las mismas oportunidades de desarrollo. Es que todos los niños puedan mirar hacia un futuro esperanzador y poder desarrollar su formación tanto escolar como laboral más allá de los 18 años, que es la meta que algunos creen que se debe proporcionar, pues después ya es adulto.

Todos estamos de acuerdo que cuanto menos tiempo permanezca un niño en un centro de menores es mejor, pero siempre que le busquemos una alternativa familiar estable y segura, y esta segunda parte casi nunca se cumple. No hay suficientes programas que trabajen con las familias, hay por desgracia un proceder muy asumido en los que deben tomar decisiones sobre ellos: «Los niños son de los padres», «tienen la familia que tienen y eso no se puede cambiar». Se apuesta por estas familias hasta el final, tanto que cualquier cosa que hagan, aunque solo sea respirar, se aplica a que lo hacen para proteger a sus hijos. De esta forma hacemos que los niños crezcan en los centros hasta su mayoría de edad, sin referentes estables, sin sentido de pertenencia, sin tener la oportunidad de sentirse únicos y realmente queridos, algo que todos sabemos que es imprescindible para un buen desarrollo futuro; pero pese a ello seguimos y seguimos apostando por las familias, la mayoría de las veces para no enfrentarse a un trabajo que pueda demostrar ante el juzgado que no hay solución, sin pararse a pensar cuál será el futuro de estos niños que se hacen mayores.

Si de verdad creyéramos en los derechos de los niños, pensaríamos más en ellos y en cómo darles solución a las problemáticas que les rodean, trabajaríamos para encontrarles soluciones familiares en el seno de su familia biológica, padres, tíos, abuelos... o en el seno de familias acogedoras o adoptivas. Pero esto no se cumple, se elude el derecho a pertenecer a una familia. Y esto, como sociedad avanzada, no nos lo podemos permitir.

Pido desde aquí, a los nuevos dirigentes que se acaban de estrenar, que tomen esta realidad como una obligación suya y pongan los medios necesarios para que nuestros, sus niños, tengan oportunidades de verdad, de ser queridos, de pertenecer a una familia, pues de no tenerlas mañana no podrán compartir tampoco el cariño, ahondando en la brecha de seguir procreando hijos que en el futuro tengamos que cuidar y proteger, y así repetir este ciclo.

Conozco, por profesión, a muchos niños que ya con 10 años no tienen ningún futuro familiar en su familia biológica, pero tampoco, según los técnicos de menores, en ninguna familia acogedora o adoptiva, y esto no debe ser. No podemos darles a los niños un futuro en una jaula de oro, que es en lo que hemos convertido los centros de menores, sin capacidad de proporcionarles lo elemental que necesita un niño: seguridad, afecto y una familia.

Por Ángel Martínez Puente Director de FAIBEN, Fundación de Apoio a Infancia

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