Poesía es «yantar y ayuntarse»


En un temporal de mentiras nada como abrigarse en el puerto de las palabras tocadas del ala por la poesía. Poesía hay en el clasicismo del premio a la prosa medida y desmedida de Luis Mateo Díez, recién Nacional de las letras, y poeta mayor es Francisco Brines, que se llevó ayer el Cervantes. Cita Mateo Díez en su magnífica La fuente de la edad al Arcipreste de Hita. Dice un personaje de su libro que en la vida hay dos cosas que merecen la pena: «Yantar y ayuntarse». No es exactamente así como aparece en el Arcipreste, pero está bien resumido. El Arcipreste recurre a Aristóteles, que es quien nos remite a la «mantenencia y al juntamiento» como los dos cabos por los que el mundo trabaja. Paco Brines es vate que entiende de constelaciones, pero adora el rudimento de los placeres cotidianos. Así ama el amor, y se pone excelente, pero disfruta del fútbol. Sufrió como un perro abandonado a aquel Valencia que se quedó sin Champions. Brines, achacoso, vive refugiado en la casa de su fundación. A los 88 años le llega a su lírica un reconocimiento espléndido. Brines es notable y, por momentos, sobresaliente. Hay de todo en su obra carnal y mística. Hallazgos, pero también evidencias. A veces es un poco sota, caballo, rey. Pero quién es el guapo que se mantiene siempre paseando sobre las nubes. El otoño de las rosas es un mazazo de sensibilidad. Brines es la tercera vía de la fértil generación del 50. Donde Gil de Biedma sería el realista entre los realistas, y nuestro Valente, el hermético, aparece Paco Brines, con un trabajo sólido, que toca el alicate del realismo, pero que silba metáforas más laberínticas. De ahí esa tercera vía. Jugando a barajar algunos de sus títulos es hombre que descansa en la luz, que ha quemado la noche y que ha visto jardines nublados, vivido y bebido. Que Mateo Díez y Brines se hayan llevado la traca final de los dos premios mayores de las letras, este año de Pandemia, es de justicia poética. Ambos riman. Ambos adoran el lenguaje. Consideran que crear es una misión. Brines dice, con razón, que quienes leen poesía son como los drogadictos: necesitan su dosis. Mateo Díez defiende la fabulación como la última Ínsula Barataria. Poco más nos queda que leer a quienes escriben admirablemente bien, cuando estamos rodeados, como Custer y el séptimo de caballería, y asediados por falsedades. Mateo Díez, con sus novelas, y Brines, con sus poemas, nos ensanchan ese confinamiento que pende sobre nosotros. Porque a nosotros, como a Brines, también se nos ha quemado el pecho, como un horno, por el dolor de las palabras. Nosotros, como él, estamos «dentro de la mortaja de esta casa, en esta noche yerma, con tanta soledad». Cuando nos cierran los caminos, nos queda abrir las ventanas de los libros libres de Mateo Díez y de Paco Brines. Y, claro, siempre «yantar y ayuntarse» esperando a que pase todo.

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