Trumpismo galaico


Los observadores describen una fractura terrible en EE.UU. que Biden tendrá que restaurar. Las costas demócratas y el interior trumpista. Unos cosmopolitas, liberales y diversos; los otros rurales, inmovilistas y racistas. Apuntan también al engreimiento intelectual demócrata y unas ciertas ínfulas de superioridad como ingredientes del potaje tóxico que encaramó a Donald. Se especula qué tipo de suturas aplicará el conservador para que la fractura no invertebre el país de manera irrecuperable.

Pero ese desgarro no acontece solo allí. También aquí hay una Galicia costera en tensión con el país interior. Un aroma de incomprensión recíproca y un desequilibrio muy mal atendido. Solo un terremoto imprevisto como el covid está desdibujando ese estatus. La peste se ceba con las ciudades y concede a la Galicia abandonada un atractivo nuevo. La aldea cheira estos días a futuro y no a pasado. Sin bares ni noches ni desconocidos con los que rozarse, con la sustancia urbana confinada, el asfalto tiene poca gracia. Pandemia ha invertido por un tiempo el movimiento del campo a la ciudad. La Galicia vaciada vibra más que la llena. Una ciudad baleira es como un decorado destartalado; el vacío disuelve las razones por las que un día empezamos a hacinarnos unos encima de los otros.

Que la escapada se consolide depende de lo que dure Todo Esto. Porque la vida es eterna en cinco minutos y en el seis puede regresar la vieja eternidad, tan añorada por todos que el lunes, tras el bombazo ansioso de Pfizer y su vacuna, Zoom, Netflix y Amazon se hundieron y los viajes y el turismo volvieron a rular con la vitalidad del mundo global que ha decapitado el virus y que en Galicia podría ser una oportunidad para equilibrar un país descoyuntado.

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