Sánchez acertó: un año de insomnio


El 20 de septiembre de 2019, a siete semanas de las segundas generales de ese año, Sánchez reconocía en televisión que seguía siendo presidente en funciones por no haber aceptado la coalición propuesta por Iglesias, porque, de haberlo hecho, «sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, junto con el 95 % de los ciudadanos de este país, que tampoco se sentirían tranquilos. Incluso votantes de Unidas-Podemos. Por eso no acepté esa propuesta que me hizo el señor Iglesias». Ello habría supuesto, afirmaba, «tener dos gobiernos en uno. Uno del PSOE. Otro de UP. Cuando precisamente el PSOE y UP tenemos serias discrepancias en cuestiones fundamentales como es por ejemplo la cuestión catalana».

Un año después de tales manifestaciones, Sánchez emite señales inequívocas de dormir a pierna suelta desde hace muchos meses. Y ello pese a gobernar en coalición con Podemos, y a hacerlo con el apoyo ineludible de partidos que, o tienen a sus dirigentes en prisión por sediciosos, o festejan a los etarras que salen de prisión, o, en todo caso, persiguen acabar con el sistema constitucional que el PSOE, antes de su giro zapato-sanchista, contribuyó decisivamente a construir. Sin embargo, el insomnio que no siente un presidente que parece el hombre más feliz sobre la tierra lo padece una gran parte de nuestra sociedad, que sufre la política del Ejecutivo socialista-podemita.

Un Gobierno que gestionó la primera ola del covid con una irresponsabilidad y una impericia que se tradujeron en que España fuera el país que más sufrió sus consecuencias sanitarias y económicas, y que se ha lavado las manos ante una segunda ola que nos ha vuelto a colocar a la cabeza entre los que han tenido más fallecidos e infectados.

Un Gobierno que aprobará, si los aprueba, sus primeros Presupuestos cuando Sánchez lleva dos años y medio en la Moncloa, que ha visto impotente como se deterioraba la economía y el empleo hasta extremos catastróficos, y que ha respondido a esa tragedia económica y social con una política populista, cuya última traducción es un proyecto de Presupuestos que los expertos consideran pura ciencia ficción de forma unánime.

Y un Gobierno, en fin, que, por si lo apuntado no fuera más que suficiente para poner los pelos como escarpias, ha sido incapaz de resistir la permanente tentación autoritaria de violar principios esenciales de la democracia liberal: el descabellado nombramiento de una ex ministra como fiscal general, la prórroga del estado de alarma por ¡seis meses!, el proyecto de alterar la forma de elección del Consejo General del Poder Judicial para someterlo al poder ejecutivo, o la escandalosa intervención que acaba de producirse contra la libertad de información -auténtica obsesión de Iglesias desde hace años- son medidas todas, entre otras muchas, que suponen un peligroso retroceso democrático.

¿Por qué los españoles no reaccionan tras casi un año de desaguisados? Esa es una de las cuestiones más inquietantes de la gravísima situación que atravesamos.

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