La cuenta de Twitter con más influencia de toda la historia de la red social del pájaro azul ha sido la de Donald Trump.

Durante casi cuatro años los mensajes que escribía y aún escribe el «presidente que fue» (la expresión previous president es reciente y la pronunció su antiguo aliado populista, Boris Johnson) de Estados Unidos provocaron conmociones en la fuerza: sacudieron tanto la estabilidad internacional como la economía mundial, y alentaron todo tipo de teorías de la conspiración y hechos alternativos.

A través de esta plataforma cruzó todas las líneas rojas: difundió el bulo de que Obama era un presidente ilegítimo por haber nacido fuera en África, insultó a sus rivales e incluso despidió a altos cargos. Nadie lo ha definido mejor que el inquilino de la Casa Blanca del 2008 al 2016, el mandato del neoyorquino ha sido un programa de telerrealidad. Y Twitter su altavoz y su pantalla.

Los estrategas de Biden, conscientes de la capacidad para polarizar del republicano, optaron por la moderación y por evitar la confrontación directa. Asumieron, con buen criterio, que las redes sociales son un ecosistema en sí mismo, muy ruidoso, y no reflejan el estado de ánimo y la mentalidad del país. Y decidieron, según reveló un asesor a un periodista, «apagar Twitter». Evidentemente, no dejaron de usarla como medio de propaganda, pero evitaron basarse en ella para orientar y determinar sus mensajes y sus políticas. ¿Funcionó? Ellos sostienen que sí. Y ganaron.

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La estrategia ganadora, «apagar Twitter»