Justicia poética


He seguido en la distancia la larga campaña de las elecciones presidenciales americanas, desde los caucus o primarias hasta ahora. Aunque con imperfecciones -como todo sistema político-, el proceso electoral norteamericano es el más predecible de todas las democracias liberales del mundo. Tan predecible es que sabemos cuándo se van a celebrar las próximas elecciones. Por ejemplo, el futuro presidente ya podemos adelantar -salvo excepciones, como en caso de muerte, incapacidad o dimisión-, se elegirá el martes siguiente después del primer lunes de noviembre del 2024, aunque la toma de posesión se formalizará el 20 de enero del 2025. Si algo tiene este sistema es su estabilidad institucional y el respeto a la tradición constitucional. Y con una Constitución con solo siete artículos, si hace falta enmendarla, se enmienda, aunque desde su aprobación solo se haya hecho en 27 ocasiones, la última en 1992. Esta enmienda, que se refiere al salario de los congresistas, fue promovida por un estudiante texano de 19 años de la Universidad de Austin diez años antes, hasta que lo consiguió. Hay que subrayar que el estudiante fue calificado por su profesor con la peor nota por su trabajo: una C.

 Todas las campañas presidenciales norteamericanas son broncas y a veces violentas. ¿Acaso no asesinaron a John Kennedy en una o a su hermano Robert en otra? Por eso, lo que ha pasado en esta no me ha extrañado nada. El sistema era y es sólido. Pero la demostración más palpable ha sido el plante de las cadenas de televisión a Donald Trump en una rueda de prensa.

Trump se dedicó antes y después, en su mandato, a despreciar a los medios de comunicación. Y fueron los medios de comunicación -incluidas las redes sociales- las que lo remataron antes de conocerse los resultados definitivos. «Hasta aquí hemos llegado», le dijeron. Cortaron las emisiones de su discurso y se dedicaron a desmontarlo en directo, argumentando que Trump mentía y no presentaba evidencias de sus afirmaciones sobre presuntas ilegalidades.

Con la libertad de prensa no se juega. Sin libertad de expresión y de prensa no puede haber democracia. Esto es un hito desde el prisma del periodismo que, a buen seguro, tendrá consecuencias en este oficio. Se produjo un hecho de justicia poética. La mirada cabizbaja y humillada de Trump era la prueba de su derrota.

El abuso de poder y la tendencia a querer domesticar a los medios no es nada nuevo. A mí lo que me preocupa son los rebrotes autoritarios que pretenden cargarse la división de poderes y la libertad de expresión. Esos rebrotes los tenemos en la Europa comunitaria. Polonia y Hungría son la avanzadilla. Pero también en España amenazan vientos de galerna de control autoritario. Lo estamos viendo con los intentos de someter desde el Gobierno al poder judicial y a los medios de comunicación con esa pretendida batalla contra la desinformación. La mejor ley de prensa es la que no existe y si se cometen delitos por cualquier plataforma que se diriman en los tribunales. ¿Para qué está el artículo 20 de la Constitución? Para respetarlo. Pues eso.

Por Luis Grandal Profesor en la Universidad Carlos III

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