Contemplo indolente los colores del otoño que pintan de ocres y oro viejo los árboles de mi jardín, con un toque de morados y rojos que los prunos ponen en el paisaje de hojas secas, de feuiles mortes, de hojas muertas, como en la canción de Edith Piaf, que se balancean buscando el corazón de la brisa que se oculta en remolinos de viento mañanero y juguetón,

Cambio la banda sonora de este otoño por la balada de Mina cantada en italiano y me dejo llevar por la melancolía a la que soy tan dado. Radio pandemia inunda el informativo de muertos e infectados, de ucis y hospitalizados, y todo el espanto de este noviembre se instala en las calles del país, donde el covid campa a su antojo.

Los fallecidos en las residencias no son un mero porcentaje ni una fría estadística. Es la medida de la soledad, de las soledades, la suma de la muerte que cerca y abate a nuestros viejos.

Y siento la nostalgia del verano huido y todavía tan cercano, y busco la luz matinal entre la niebla para respirar otoños que en un tiempo reivindicaba como estación anual propicia a completar textos que posponía para leer e incluso por escribir.

Nunca me refugié en la merma de los días que se acortaban, ni en los ritmos reiterados de la machadiana lluvia tras los cristales. Noviembre fue un mes transito, una bisagra que abría las puertas de diciembre y encendía las luces amables de la Navidad en las ciudades.

Ya no lo reivindico como mes, como meses propicios a serenar el espíritu, a descifrar los pliegues del alma, desde la perezosa indolencia que ejercito otoñeando. Este noviembre se instaló el virus que parece que vino para quedarse, nos vigila en todas las esquinas, está ojo avizor al otro lado de las mascarillas, impidiendo que este artículo se convierta en un ejercicio lírico que dé cuenta y razón de un otoño creciente.

Los colores del otoño son negros, un luto colectivo recorre el país de noviembre, y fuera llueve, esta lloviendo en un llanto plural de la naturaleza toda, en esta otoñalía que me recuerda que sigo otoñeando, buscando la luz que se esconde, se oculta en un túnel donde no se adivina fácilmente la salida.

Las ciudades y los pueblos se amurallan en su confinamiento. Han vuelto los toques de queda y los alarmantes estados del otoño. El virus pasea las calles y recorre las alamedas, otoñeando noviembres.

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Otoñeando