Estados Unidos: guía para entender las elecciones


El martes que viene se elige al político más influyente del planeta. Más allá de las claves políticas de la lucha entre Trump y Biden (que Miguel Anxo Murado explica aquí con precisión desde hace meses), el resultado final de los comicios será también consecuencia de un complejo y arcaico sistema electoral, cuya naturaleza trataré de explicar seguidamente.

Aunque en Norteamérica, como en todos los países presidencialistas, es el pueblo quien elige al presidente, tal elección recae allí finalmente en un colegio electoral de 538 electores que son el resultado de sumar, en cada estado de la Unión, el número de representantes y senadores que les corresponden en el Congreso federal, más tres electores atribuidos a Washington D.C. Ello supone ya una clara desproporción, pues mientras que los representantes se atribuyen a los estados en función de su población, los 100 senadores se distribuyen por igual: dos por cada estado. Y así, mientras en California esos dos electores suponen el 3,6 % de sus 55 votos electorales, en todos los que, por ejemplo, eligen 3 o 4 electores (un total de 13 estados) suponen el 66 % y el 50 % respectivamente, lo que sobrerepresenta a los estados menos poblados del país.

Pero es que además, y esto es lo esencial, salvo en Nebraska y Maine, donde el reparto de los electores es proporcional al de los votos, en los 48 estados restantes quien gana el voto popular, aunque sea por solo un sufragio de ventaja, se lleva todos los votos electorales de ese estado. Se trata, pues, de un sistema electoral mayoritario, pero con distritos plurinominales, lo que amplia extraordinariamente la posibilidad de que el ganador de las elecciones no sea presidente: Clinton obtuvo en 2016 un total de 2.868.686 votos más que Trump y este ganó la Casa Blanca con 304 votos electorales, 34 más de los 270 que aseguran la victoria.

Una última circunstancia debe subrayarse para entender lo que puede suceder el martes próximo: que en gran parte de los 50 estados del país se impone casi siempre el mismo partido (el demócrata o el republicano) y solo en unos pocos estados el resultado cambia con frecuencia de unos a otros comicios: son los denominados estados pendulares o bisagra (swing states), cuya importancia es decisiva, pues al final suelen zanjar el resultado. En las últimas décadas estos estados son Arizona, Colorado, Georgia, Iowa, Nevada, New Hampshire, Carolina del Norte, Míchigan, Ohio, Virginia, Wisconsin y, sobre todo, Florida y Pensilvania por su alto número de votos electorales (29 y 20), estados que el martes podrían acabar siendo decisivos.

A principios del siglo XIX Tocqueville anotó en La democracia en América, uno de los mejores libros de teoría política jamás escritos, que en ningún lugar como en Estados Unidos era posible observar la influencia ejercida por el punto de partida sobre el porvenir de los países. Hace mucho que ha llegado la hora de romper con esa inercia y modernizar un sistema electoral que no asegura de verdad que el pueblo elija al presidente.

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