Teoría general del gasto social


Si no me falla la memoria, fue a finales del siglo XX, hacia 1997, cuando los proyectos de ley de Presupuestos Generales empezaron a ser «eminentemente sociales». La retórica política dice -porque a los ciudadanos nos gusta comulgar con ruedas de molino- que los gastos sociales se incrementaron, desde entonces, muy por encima de los gastos que deberíamos llamar «no sociales». Y la conclusión que vamos sacando los ciudadanos, y por ende las opiniones pública y publicada, es que el gasto social es justo, moralmente sublime y genera bienestar; mientras que los gastos no sociales -trenes, terminales de contenedores, teatros, saneamientos, museos y conservación de catedrales- son, como mucho, neutros, cuando no especulativos, inevitables e insolidarios.

Hay que decir, sin embargo, que este discurso es radicalmente falso, porque engaña, a sabiendas, a quien sabe muy bien que le están engañando. El gasto propiamente social ha crecido menos que lo que antes era el gasto no social. Y la trampa -de naturaleza lingüística- consiste en ir extendiendo el calificativo de social a los gastos y tareas que antes no lo eran, y que ahora, para entendernos, tampoco deberían serlo. Y así estamos donde estamos. Porque, al llamarle gasto social a los recursos que se emplean en educación, sanidad, pensiones, reparto de entradas gratuitas para la ópera, sanidad y fuegos artificiales, hemos llegado a la paradójica y tramposa situación actual, donde el gasto social ya excede el total de lo presupuestado. A esto, en mis tiempos, se le llamaba, no sé por qué, «magia potagia». Pero ahora se le llama «presupuestos sociales», «gobernar para la gente», «nadie quedará atrás» o «cuentas de Luis Candelas», que quitaba dinero a los ricos para dárselo -con una retención del 98 % para trabucos, facas y pólvora- a los pobres.

Dos argumentos muy sencillos pueden ayudarnos a sospechar de la magia potagia. El primero dice que, con una cultura presupuestaria que se aproxima al cero patatero, que ignora que el gasto social solo se puede pagar con los excedentes de otras actividades y servicios que se desvían hacia la solidaridad y la igualdad -el único gasto social verdadero-, será imposible reconstruir y estabilizar este país. Y el segundo, que si creamos 22 ministerios, para atender la compleja diversidad presupuestaria y de gestión que exigen actividades tan diferentes como cantar ópera, construir trenes o pagar la renta mínima, para luego refundirlo todo en un concepto tan abstruso e inmanejable como es el actual «gasto social», o hemos hecho un pan con dos obleas, o hemos confundido el acto de gobernar con tocar la zambomba.

Vistos los presupuestos, la crisis, las perspectivas de futuro y lo mucho que le gustan a la gente las ruedas de molino, no voy a discutirle a Sánchez su habilidad para la esgrima. Solo le sugiero que suprima diez o doce ministerios, y los sustituya por el ministerio de Transformación Filológica. Porque nos saldría más barato, y llenaría las urnas de votos agradecidos.

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