La claridad en el lenguaje es el primer requisito para un entendimiento pleno. Pero si nos andamos con metáforas, alegorías, epítetos, argucias y demás, va a ser difícil que lleguemos a algún acuerdo. Y eso es lo que nos está ocurriendo con estos mandarines que nos cayeron en suerte, en el peor momento de nuestras vidas.

No es necesario recordar que estamos en un país que no vivió una crisis, sino una recesión que lo llevó a pedir un apoyo financiero, que nunca fue un rescate. Un país donde los infantes no se divorcian sino que cesan temporalmente su convivencia y en el que los jóvenes no se ven obligados a emigrar, sino que optan por la movilidad exterior. Aquí ya vivimos de todo. Actividad extracontable, brotes verdes, indemnización en diferido y ponderación de los impuestos.

Se sacaron de la manga lo de desescalar y ahora ya lo utilizan hasta los niños, cuando no aparece en el diccionario oficial de nuestro idioma. O la distancia social por distancia física. Hablamos de la nueva normalidad, que no deja de ser un oxímoron; una contradicción. Porque si es nueva no es normalidad. Lo normal es lo habitual y ordinario y esto no lo es.

Y nuevamente tratan de enredarnos y engatusarnos como si fuésemos memos. Como parece ser que lo del toque de queda es demoledor para nuestra economía, aunque no para las de Francia, Italia, Bélgica y media Europa, pues ahora le llaman restricciones de movimiento nocturno, restricciones horarias y limitación de movimientos perimetrales, que es como llamarle anca suprema de gorrino al jamón de toda la vida. Un sinsentido.

Y es que disfrutamos de una clase dirigente que afronta cada nueva situación creando términos con los que tratar de atenuarnos el impacto de la realidad y la crudeza de sus decisiones para salvar sus posaderas. Están más preocupados por el disfraz que por la realidad. Camuflándola y distorsionándola.

Dijo George Orwell -el escritor que supo adivinarnos como nadie el futuro en su novela 1984- que el lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades y el asesino respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento. Y en esas estamos.

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Camuflando la realidad