El giro de Casado y el estado de alarma


Pablo Casado, contra todo pronóstico, salió reforzado de la moción-trampa que le tendió Santiago Abascal. Por primera vez desde que ocupa la presidencia del PP, demostró trazas de estadista. No solo salió indemne, sino que dejó abatidos o desconcertados a los demás portavoces. Abascal, noqueado: no esperaba tan gruesa descalificación de su socio y amigo. Arrimadas, preocupada: este quiere retomar el centro para engullirme. Sánchez, descolocado: contra Vox y su azulada fotocopia se vivía mejor. Iglesias, perplejo: mi discurso, preparado para desollar la pieza atrapada, suena extemporáneo. Pero la mayoría de los demócratas, gratamente sorprendidos por la imagen: la ultraderecha queda aislada y el PP proclama que vuelve a ser un partido de Estado.

La cuestión que se dilucida ahora es la sinceridad de la conversión. El fariseo Pablo de Tarso abrazó la fe cristiana al caer del caballo camino de Damasco y nunca más volvió a las andadas, hasta convertirse en santo. Los antecedentes de nuestro Pablo son igualmente nefandos -«yo he vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión», confesó su homónimo-, pero más volubles. Un día tildaba a Vox de «extrema derecha» y otro día le prometía carteras ministeriales. Pero esta vez parece que va en serio. Pablo Casado ha dinamitado los puentes que lo unían a la ultraderecha -«hasta aquí hemos llegado»-, ha dado un audaz golpe de timón y ha modificado de un plumazo el convulso tablero político.

Ciertamente, no basta un discurso para cambiar de golpe una trayectoria. Se necesita tiempo para construir una nueva estrategia de oposición. El propio Pablo de Tarso, una vez deslumbrado por la luz y la palabra divina, permaneció tres días sin ver, sin comer y sin dormir. Pero España, sumida en la peor crisis sanitaria, económica y social del siglo, no tiene segundos que perder. Nadie, ni Gobierno ni oposición, pueden cruzarse de brazos ni un instante. Si el PP quiere ratificar su rumbo hacia el centro, necesita superar tres exámenes inmediatos: el desbloqueo del Consejo del Poder Judicial, la supresión del veto anticipado al proyecto de Presupuestos y su papel en la lucha contra la pandemia. Tres asuntos urgentes que testarán su voluntad real de recuperar su condición de partido de Gobierno.

Su posición ante el estado de alarma permite abrigar esperanzas. Resulta discutible si debe durar seis meses, como pretende el Gobierno, u ocho semanas, como propone el PP. Obvio las razones científicas -si las hay-, porque soy profano en la materia. Pero que el debate se plantee en esos términos me parece positivo. El Casado de ayer, como el Abascal de hoy, hubiera arremetido contra el Gobierno. Ahora dice sí, a condición de que se levante en Navidad. Incluso utiliza un argumento nada desdeñable para oponerse a estirarlo hasta mayo: Sánchez quiere curarse en salud y evitar reeditar el calvario quincenal que sufrió en el Parlamento. Asunto discutible, pero con razones de ambas partes. Tal vez el clima político esté mejorando.

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