EE.UU.: una elección trascendente


A día de hoy, todo parece indicar que Joe Biden será elegido presidente de Estados Unidos el próximo 3 de noviembre, aunque la sorpresa del 2016 nos invite a ser aún prudentes. Si las encuestas se confirman, esperemos que la victoria del candidato demócrata sea muy clara desde el principio, para que Donald Trump no pueda hacer efectiva su amenaza de no reconocer los resultados y provoque una crisis institucional y política, que aumentaría gravemente la tensión social surgida durante su mandato.

Esta no es una elección normal, va más allá del habitual relevo de republicanos y demócratas en la presidencia. Trump ha gobernado, como cabía esperar, de una forma errática y prepotente tanto en el interior como en el exterior, causando una profunda división en la sociedad. En el interior, ha dado alas a los sectores más reaccionarios, alentado el enfrentamiento racial, enconado la cuestión migratoria, ignorado la virulencia de la pandemia y sus desastrosos efectos en la economía, y alimentado el odio hacia sus oponentes. Biden deberá, si es elegido, dar prioridad a la política interior, al menos al principio de su mandato, para revertir el deterioro que el actual presidente ha causado a los principios y valores de libertad, pluralidad, unidad y tolerancia, que son el fundamento de la gran nación americana, además de hacer frente decididamente a la pandemia y sus consecuencias. La aplicación de su programa económico -restaurar la regulación financiera, subir impuestos a las corporaciones, aumentar el gasto social- tendrá que hacerse con prudencia, para no deteriorar más la delicada situación económica que heredará de su predecesor.

En política exterior, el daño causado por Trump no es menor. Con su prepotencia y desprecio al multilateralismo, que le han llevado a abandonar instituciones como la Unesco o la OMS y a bloquear otras como la OMC, romper unilateralmente el pacto con Irán, retirarse del acuerdo de París sobre el cambio climático, e impulsar políticas extremadamente proteccionistas, con su desprecio a sus aliados, y en particular al proyecto político de la Unión Europea, ha debilitado el liderazgo de EE.UU. hasta tal punto que será difícil recuperarlo, al menos a corto plazo. Una Administración demócrata revisaría sin duda algunas de estas decisiones, como las relativas al abandono de las instituciones multilaterales, probablemente también la retirada del acuerdo de París, incluso una nueva negociación con Irán, aunque en otras como la posición respecto a Israel y -sobre todo- el enfrentamiento con China, seguramente no cambiarán porque responden a intereses permanentes de EE.UU.

Para la UE y, por tanto, para España, la elección de Biden sería una excelente noticia. No solo porque su política comercial será más abierta -en especial con Europa-, con el consiguiente beneficio para ambas partes, sino porque será más favorable a la integración económica y política europea, tan importante para nosotros, en vez de instigar los movimientos nacionalistas y antieuropeos.

No obstante, los europeos deberíamos aprovechar la experiencia vivida con Trump, para asumir, de una vez por todas, que no podemos dejar nuestro futuro político ni nuestra seguridad en manos de Washington, cuyos intereses pueden no coincidir siempre con los nuestros, y que no hay otro camino para nuestro progreso que el de la unidad en política exterior y de defensa hasta convertir la Unión Europea en una potencia global autónoma, que no necesite ser tutelada, sino que pueda reforzar, en igualdad de condiciones, la alianza trasatlántica y la estabilidad global.

Con Joe Biden como presidente esto será mucho más fácil. Esperemos que el día 3 se cumplan nuestras esperanzas.

Por José Enrique de Ayala Analista de la Fundación Alternativas

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