Hasta aquí hemos llegado

E. Parra. POOL

Parafraseando a Julius von Kirchmann, quien afirmó que  «tres palabras del legislador pueden convertir en basura bibliotecas enteras», también los todólogos españoles acabamos de convertir en apotegma que cuatro palabras del jefe de la oposición -«hasta aquí hemos llegado»-- pueden mandar al contenedor de reciclaje los millones de páginas que hemos escrito para decir que el PP carecía de líder, que Casado era el problema y no la solución, y que la estrategia hiperventilada de Vox estaba minando a la derecha y blindando la geometría variable de Sánchez. Dicho en latín, para más autoridad, verba volant, et scripta minuentur (las palabras vuelan, y los escritos se trituran).

Por eso conviene aclarar que las cosas no han cambiado tanto, y que la política no suele avanzar a base de conjuros y apotegmas. Lo que hemos cambiado somos nosotros, ciudadanos y políticos, que, atiborrados de prejuicios y dogmas, no acertábamos a ver que Pablo Casado ya era un buen orador el año pasado, que sus presuntas cesiones a Vox eran más imaginarias que reales, y que el Gobierno estaba alentando una estrategia de ninguneo al PP, y consecuente referenciación de Vox, que acabó convirtiendo al Congreso de los Diputados en un reflejo esperpéntico del país que tenemos y de la gente que lo habitamos. Por eso creo que lo que sucedió el jueves, en el debate de la censura, fue que el excelente discurso de Casado, impecable en ética y estética, encontró el contexto necesario para librar a todos los auditorios de sus vanos prejuicios, y para poner blanco sobre negro lo que de una u otra manera ya había estado presente, numerosas veces, en la Carrera de San Jerónimo, aunque los formatos fuesen menos excelentes.

El éxito de Pablo Casado no estuvo en decir lo que dijo, sino en decirlo en el primer momento de esta legislatura en el que la gente, el Gobierno y algunas de las diversas oposiciones existentes, necesitaban escuchar lo que dijo. Y esa es la única razón por la que la frase más vulgar de la lengua castellana -«¡hasta aquí hemos llegado!»-, se transformó en un conjuro capaz de convencernos de que estamos a punto reconducir la vulgarísima e insostenible política que veníamos practicando. De lo cual se deduce que el discurso de Casado no fue el fin de nada, sino el principio de todo, y que ahora debemos asumir el difícil compromiso de hacer converger la gobernabilidad del país en el centro del parlamento, entender que todos los extremos ideológicos y estratégicos -y no solo el derecho- degradan y ponen en riesgo la gobernabilidad del país, y que el repostero de la mayoría gobernante no se puede confeccionar hilando grueso -co adival de atar o toxo- sino hilando con finura y sutileza el nuevo traje que tenemos que vestir.

La pelota, -¡quien iba a decirlo!- está en los tejados que cubren a Sánchez y Casado. Por lo que, si uno de los dos cree que ya terminó su tarea, y no quiere colaborar, el gran conjuro del viernes puede convertirse, como tantas veces sucede, en agua de borrajas.

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