Recordando a Miguel Ángel


Leo que el 60 % de los jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel o quién es Ortega Lara. Me resisto a creerlo. Pero al momento pienso en esa mayoría de jóvenes más pendientes de Twitter o de Instagram o de otras redes que les absorben buena parte de sus preocupaciones. Hago la prueba inmediatamente y le pregunto a mis dos hijos si saben quiénes eran. En casa han escuchado hablar en más de una ocasión. Algo les suena de un zulo de escasos metros, pero poco más. Nadie les puede culpar de la frialdad del mero transcurso del tiempo y la amnesia de buena parte de nuestra sociedad que ha olvidado esos años de terror.

Pero como en todo, solo los que lo han sufrido en carne propia, son hoy los únicos que deben hablar. El resto, solo somos olvido, como esa novela impresionante de Héctor Abad, El olvido que seremos.

Para nuestra generación, los que éramos jóvenes en aquel momento, jamás podremos olvidar aquellas 48 horas. Aquel transcurrir insonoro y lento, de aquella cuenta atrás macabra. Mas también de la respuesta unánime, valiente, firme y rigurosa liderada desde Ermua y que poco tiempo después sería silenciada por una cobarde clase política. Aquellas horas fueron de pálpito, de angustia, de cierta esperanza. Particularmente yo estaba realizando parte de mi tesis doctoral en Múnich. Me preguntaban colegas alemanes qué pasaría y desde luego todos ellos afirmaban que ETA liberaría al concejal de 29 años. Nunca lo creí, les dije que ese era un pulso para arrodillar no solo al Gobierno y al Estado sino a la sociedad. Un salto al vacío en la estrategia del terror y del miedo, eso que siempre hicieron, tiro en la nuca, coche bomba, cobardía, terror, y complicidad de muchos que miraban hacia otro lado en la vesania de esa hidra sangrienta y miserable que fue el terrorismo.

A Miguel Ángel le arrebataron la vida de una manera cruel. Secuestrado en un tren, puesta la diana, seguramente él supo desde el primer momento que sus verdugos, los Lasarte de turno y Txapotes, Gallastegui, Oker, Muñoa el informador, que le asesinarían en ese plazo.

Todos vivimos y sentimos ese final y la fortaleza ejemplar y humana de unos padres desgarrados. Ha querido la crueldad del destino que ambos se fueran en este 2020. Todos ellos están ahora enterrados en un pequeño pueblo, aldea de Ourense. Jamás una mala palabra, un gesto de rabia o de ira. Al contrario, unas miradas de humanidad, de sensibilidad, de dolor atrapado en el corazón, y de enorme gratitud a una sociedad que les arropó y sintió como propio el hijo asesinado, el hermano, el amigo.

Han pasado 23 años y hoy a los jóvenes todo esto les suena a algo que pasó y que no saben muy bien por qué ni para qué, y lo que es peor, no les interesa. Esa es la realidad. La de sus normalidades evanescentes y efímeras, pero donde no les han enseñado los límites de la vida, de la libertad, de la tolerancia y sobre todo de la justicia.

No, no me apena que ellos no lo sepan. Pero sí que todos nosotros lo olvidemos. Como a tantos y tantos otros que fueron asesinados vil y cobardemente por representar lo que ellos más aborrecían, la libertad de los demás, ese día sí que moriremos todos nosotros. El resto es recuerdo, paz, perdón, pero jamás olvido.

Por Abel Veiga Jurista y politólogo

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