El pequeño Uriel


Desde hace tres años tengo que cruzar de acera cuando me doy cuenta de que voy a pasar ante dos escaparates concretos. Lo hago, con un nudo en el estómago, para que no se me salten las lágrimas. Son las tiendas a las que entré, después de semanas dándole vueltas, para elegir un regalo para Uriel. No era un regalo cualquiera. Quería darle la bienvenida a la vida a un niño al que quiero desde que su madre me dijo que estaba embarazada. Y ahora que no está, no soy capaz de pasar ante esos comercios en los que me lo imaginé vistiendo la ropa o utilizando los juguetes que yo había elegido. No es una técnica infalible la mía, la de cambiar de acera, porque más de una vez me he sorprendido ante otros escaparates pensando que algo era perfecto para él y con ganas de llorar. También es verdad que muchas otras veces sonrío pensando en Uriel, imaginándolo. Tiene unos ojos enormes, el pelo rubio, la piel morena y un acento a medio camino entre Madrid y Cádiz. Da abrazos calentitos y besos que suenan. Se ríe mucho y se hace un ovillo si está triste. Le encantan los perros.

El 24 de enero cumpliría tres años. No está porque un día antes de que su madre lo pariera murió en su vientre. La agenda de mi móvil sigue teniendo marcado ese recuadro del calendario como «Cumple Uriel». Con él aprendí una lección difícil de tragar, la de la muerte perinatal. Este mes de octubre está dedicado precisamente a concienciar sobre ella y a reclamar atención sanitaria y compresión social para las madres que pierden a sus hijos a pocos días de nacer o a los pocos días de tenerlos. Y es necesario. Porque yo no quería saber qué era la muerte perinatal. No me interesaba saberlo. Yo solo quería comprarle cuentos a Uriel.

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