Centros del saber y del beber


Eres joven y te crees inmortal. Quién no ha tenido esa sensación. Qué recuerdos más hermosos. No existían las resacas. El día se fundía con la noche, y la noche con el día. Un joven es un 24 horas, abierto siempre. Hasta aquí todo bien. Pero el cambio es que este año hay una pandemia universal, que nos está arrasando.

 Es necesario pararse a pensar en serio, hasta para un chaval inmortal de dos décadas de vida. No hay reflexión, y así es que siguen las fiestas en pisos en Santiago. Ni todas las advertencias ni la presión policial ha conseguido evitar esas juergas entre las cuatro paredes de esos edificios del Ensanche compostelano, por las que tantas generaciones han pasado cuando el mundo no se estaba desmoronando.

Los brotes en Granada, Salamanca o Santiago, tradicionales centros del saber y del beber, demuestran que los universitarios se empeñan en ser una bomba vírica aplicándose en el bebercio más que en el estudio, dándole más a la botella que a los libros.

Dice justo lo contrario una profesora universitaria: este es un país retrógrado porque piensa antes en cerrar las facultades, esos centros del saber, que los bares.

Ojalá fuesen solo centros del saber. Pero las medidas contra las universidades se toman en realidad contra una minoría (hay que decirlo también: son una minoría, muy ruidosa, pero minoría) de universitarios que desde su edad insultante de los veinte años pasan del virus, les da igual el bicho y se siguen reuniendo en los jueves de Santiago, por ejemplo, contra medidas de control y policiales como si para ellos, en efecto, no existiese un mañana.

El problema es que existe el mañana. Y esos estudiantes que lo dan todo en los pisos, donde las copas avanzan y bajan las mascarillas para proceder a los cánticos regionales y a las declaraciones posteriores de amor universal y para toda la vida, luego se marcharán a sus localidades de origen y estarán con sus padres, que ya tienen una edad. Y, lo que es peor, con sus queridísimos abuelos, que no están para arrumacos víricos de nietos que vienen del esforzado campus y de su vida universitaria con noches en blanco, no de gastar codos frente a los códigos de civil y penal, sino de doblar el codo para practicar el histórico deporte del levantamiento de vidrio.

Parece una serie todo lo que estamos viviendo. Pero no lo es. No es una broma. Sucede. En los hospitales están alucinados con que hayamos vuelto a caer en saltarnos las normas. No tenemos nada contra las universidades, lo que nos ocupa y nos preocupa son los jóvenes que están en la edad de vivir la transgresión como una fiesta.

Pero es que, con una pandemia, transgredir no es una fiesta: es una irresponsabilidad que puede acabar con tu padre o con tu abuelo. Ser un desastre para tu propia familia en tu vuelta a casa. Universitarios del mundo, más deber y menos beber.

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