Kafka en Alvedro


Urge aceptar que la lógica de las cosas ha cambiado desde que ser positivo es negativo. Salir al mundo pertrechada de esta convicción ahorra muchos disgustos y le concede un tiempo precioso a nuestros cerebros, sometidos desde marzo a un entrenamiento exprés para adaptarse a Todo Esto a la velocidad que marca la Segunda Nueva Ola, más bien la Segunda Movida. Conjugado desde la literatura, el absurdo transforma a los comerciantes de telas en cucarachas, pero cuando la vida se vuelve inverosímil al fin entiendes a Kafka.

Un domingo de esta Segunda Movida se puede acudir al aeropuerto a acompañar a una hija, dejar el coche en el aparcamiento e intentar rescatarlo tras pasar por caja. La premisa era sencilla Antes, sometida a un orden con reglas conocidas pero con un argumento imprevisible en los tiempos del virus. Ese domingo de ahora, una máquina te indica que por estacionar tu auto en el subsuelo del aeropuerto debes abonar 20 céntimos. Le ofreces al aparato un billete de diez euros que no reconoce, al aeropuerto solo puedes acceder con una tarjeta de embarque que no tienes, el guardia te advierte que la cafetería está cerrada, que el quiosco también, que la caja central del párking no abre hasta dentro de dos horas y que le hables a un botón de auxilio que puede contestar o no. El botón contesta, revela que la máquina no reconoce billetes, que no hay humanos en la caja central y que debes pagar con una tarjeta de crédito que no llevas. El guardia amable te conmina a probar suerte en el mostrador de los coches de alquiler, que también está cerrado, así que acabas cambiando el billete en una máquina de aguas que te cobra 2,50 euros por una botella con la que al fin tienes los 20 céntimos que tras los paseos son ya 35. Cómo se parece el coche a una cucaracha.

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