Todo está patas arriba


Estallan las bombas del Pilar. Suenan a estruendo en medio de este mundo silencioso y recogido que nos ha impuesto el coronavirus. Esta especie de cárcel sin barrotes en la que se olvidan las cosas más esenciales del corazón. Se oyen a lo lejos perros ladrando en modo lastimero, amedrentados por un peligro invisible que les golpea los tímpanos. La pandemia, que un día llegó a negar la mismísima OMS, llega a parar los desfiles, y los uniformes y las medallas ya no lucen con el mismo lustre. Parece que todo decae menos la agresividad de las palabras de quien debería mirar por el pueblo, mientras mucha gente parece sentirse culpable por haber sobrevivido. Es como si los aerosoles transportasen el odio a la par que el fatídico microbio. Hay que airear e higienizar. No solo los espacios en los que vivimos, trabajamos o tratamos de alienarnos de la cadena en un desangelado concierto o un mortecino espectáculo teatral. Las oportunidades para ejercer de humanos se van estrechando. A unos, el miedo los aflige y los encadena. A otros les da igual todo con tal de mantenerse en su pedestal. Total, siempre se mueren los demás y las penurias se viven de puertas para dentro. En estas circunstancias, igual es mejor pensar en una caña bien fresca en la mesa de cualquier terraza con el sonido del mar al fondo. Para muchos, el Pilar llevaba aparejada una escapada al relax. Este año, las cosas se han torcido tanto que lo más difícil es incluso huir de uno mismo. El covid hasta impidió que los tanques saliesen a la calle en un día como el de ayer. La cosa está tan diluida que ni siquiera tendría mérito que Georges Brassens se quedase en cama el día de la fiesta nacional. Todo pierde sentido y se está quedando patas arriba.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
9 votos
Comentarios

Todo está patas arriba