Al principio fue solo un runrún en las redes. Por los territorios más montaraces de Internet corría desde 2017 una teoría loquísima que decía que Donald Trump libraba una guerra secreta contra una poderosa organización de «pedófilos adoradores de Satán» que se había infiltrado en la élite de la administración de Estados Unidos, las corporaciones empresariales y los medios de comunicación.

Lo normal es que este delirio no hubiera cruzado las fronteras del borde exterior de la galaxia, que se hubiera quedado en la Internet oscura y en los foros de los resentidos de las naves del misterio. Pero se ha convertido en un fenómeno. Hay cientos de miles de devotos de QAnon en Estados Unidos. Ellos esperan que llegue el día en el que personas como Hillary Clinton sean detenidas y ejecutadas. Y hacen campaña por Trump.

El magnate no ha rechazado el apoyo de estos conspiranoicos. Más bien todo lo contrario. Les hace guiños con frecuencia. Y los normaliza. ¿El resultado? Decenas de candidatos que han abrazado (por convencimiento o por oportunidade) la causa conspiranoica competirán en noviembre por ser congresistas. Y alguno logrará su objetivo.

Twitter y Facebook han tomado medidas para contener la difusión de sus mentiras. Pero van a provocar la autoafirmación del movimiento (se consideran represaliados) y llegan tarde. Las teorías basadas en datos falsos y patrañas (en su argumentario no faltan los tentáculos de George Soros, los chips del 5G y las malvadas vacunas) ya han hecho daño. Han cruzado el charco y han prosperado en el Reino Unido. Y tienen aún más éxito si se envuelven en una bandera tan siniestra y peligrosa como la de la enigmática y simbólica Q. 

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La cruzada de la siniestra Q