Personas sin vida


El éxito hoy es convertirse en un gag. Abel Caballero lo consiguió cuando Raúl Pérez lo imitó en el programa de Buenafuente y la frontera entre el personaje y la persona se difuminó para siempre. Cuando ese viaje se completa es difícil averiguar quién es quién. Incluso para el propio Caballero. Los mafiosos de Nueva York hablaban como Marlon Brando (no al revés) y los guiñoles del Plus fueron primera de ABC. El rotativo madrileño los consideró agentes políticos capaces de erosionar al Gobierno de Aznar con más eficacia que la oposición. Por el látex de Botella se escurrían votantes a chorro y algunos dirigentes del PP propusieron emitir unos contraguiñoles que escupieran un relato político alternativo. Está también el hecho de que la inquietante capacidad predictiva de los Simpson empieza a entrar en bucle. Estos días circuló una captura de un Trump de cuerpo presente tras contagiarse con un virus letal. Han sido tantos los presagios en la serie de Matt Groening que la imagen coló, aunque esta vez resultó ser un bulo. Vista la estrafalaria salida de Donald del hospital está claro por qué los Simpson no lo mataron.

El problema, en realidad, es que los memes son ya la realidad misma. Estos días, en un texto oficial de la Xunta leímos por fin una explicación que encaja con todo lo que acontece en las Burgas de un tiempo a esta parte. Como el covid anda despendolado por la ciudad, llegó la hora de prohibir las reuniones de personas sin vida. Tanto en el exterior como en el interior. Y en el barrio de O Couto con restricciones adicionales para entrar en los bares. Todas esas personas sin vida llevaban mucho tiempo entre nosotros pero alivia que al fin se les dé categoría en un papel oficial. A veces un diagnóstico es más llevadero que una sospecha.

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