Chernóbil


No. No la ha entendido para nada. Quizá le haga falta un golpe de efecto. Salir de su propio cuerpo para ver, desde lo alto de la Asamblea, a Stellan Skarsgård tomando la tribuna para insistir con el convencimiento balbuceante de quien se mantiene en pie consciente ya de que todo se desmorona: la posición oficial del estado es que una catástrofe nuclear global no es posible en la Unión Soviética.

No. La verdad es que no ha entendido nada. Ni siquiera se ha sentido interpelada por la mirada atónita de un país entero que, como Jared Harris, se baja la mascarilla al mismo tiempo que levanta la cabeza hacia el horizonte, sabiendo que al final solo quedarán escombros cuando escucha una vez más de boca de quien gobierna que no ha pasado nada, y si pasa, la situación está controlada. Y mientras, una muerte invisible no encuentra obstáculos en su camino. Y el problema avanza.

Cierto. No ha entendido absolutamente nada. El núcleo ha estallado aunque Con O'Neill y Adrian Rawlins se empeñen en decir que no es posible, que la incidencia está estabilizada mientras los ecos de la explosión empiezan a encontrar réplica en todas y cada una de las fronteras que alcanza. Ni arena, ni boro, ni siquiera una tumba hormigonada. Chernóbil, la serie, ha llegado a Madrid como metáfora de su propia lluvia ácida. Lo entienda o no la presidenta, ya no hay forma de ocultar la catástrofe sanitaria.

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