Madrid, o como suprimir el vagón de cola

J. Hellín. POOL

Las anécdotas (apócrifas o históricas) que se contaban en Santiago del profesor Barrio Doval han hecho reír a varias generaciones de estudiantes y profesores de la universidad compostelana. Docente de lo que se terciase en la Facultad de Derecho -aunque averiado, Barrio era un todoterreno, al parecer-, los numerosos chascarrillos que provocaba su ignorancia enciclopédica son tan geniales que el propio Torrente Ballester utilizó algunos en su novela Fragmentos de apocalipsis, esa maravilla literaria que no ha tenido el reconocimiento que merece.

Pero vayamos a lo nuestro. El dómine, que contestó un día a la pregunta que le hizo en el claustro de la facultad de leyes un prestigioso romanista (Quo vadis, Barrio?) con la seguridad de un auténtico políglota («Ay, don Álvaro, usted siempre hablando en alemán») tenía una teoría que explicaba en cuanto se terciaba la ocasión: que estaba demostrado que en los accidentes ferroviarios los daños personales solían producirse en el vagón de cola, para lo que Barrio tenía una infalible solución: «Suprimir el vagón de cola». ¡Todo un genio!

Una política similar es la que ha llevado al Gobierno a echar toda la carne en el asador para aparentar que la gravísima crisis sanitaria provocada en España por el covid es en realidad solo o sobre todo un problema de Madrid (el vagón de cola). Y que, por ello, bastaría con cerrar la capital para salir seguros del abismo en el que estamos.

El nivel de contagiados de covid en Madrid -la región donde es más alto en toda Europa- constituye, sin duda, un grave desafío, que ni el Ejecutivo autonómico, que se ha movido entre el caos y la desidia, ha sabido enfrentar, ni ha preocupado al Gobierno hasta que ha visto que esta podía ser la ocasión para asestar un golpe mortal a los gobiernos regional y local. Traté de explicarlo el otro día en un artículo titulado La verdadera batalla de Madrid, cuya idea central era que los gobiernos de Sánchez y Ayuso, en lugar de luchar juntos contra el covid, lo habían convertido en el campo de batalla donde dirimir la lucha por el poder en la ciudad de Madrid y en la región.

Afrontar el problema de Madrid es, sin duda, urgente y esencial, aunque para ver cómo están las cosas en España más allá de la publicidad de unos y otros hay que anotar -lo publicaba La Voz hace dos semanas- que son españolas nueve de las diez regiones europeas donde la incidencia del covid es mayor: Madrid, y, además, Navarra, Castilla-La Mancha, La Rioja, Melilla, País Vasco, Murcia, Aragón y Castilla-León.

Pero la verdad de las cosas comienza a ser en España un estorbo para hacer esa «mala política que ha cruzado todas las líneas rojas» a la que se refería ayer el editor de este periódico en un magnífico artículo que no tiene desperdicio (Yo me declaro harto). Y hartos estarán también millones de españoles ante un espectáculo público zarrapastroso e inmoral que no nos merecemos cuando está en juego la vida, la salud y la hacienda de cientos de miles de personas.

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