Alcoa y el toreo de salón


Demasiado tiempo, mucho más de lo razonable, han tardado Xunta y Gobierno en detectar que Alcoa actuó de «mala fe» en el mantenimiento de la factoría de San Cibrao. A nada que hubieran seguido las insinuaciones, quejas y amenazas de la multinacional habrían detectado hace tiempo que su fin último era cerrar la planta y desaparecer. Que es, si nadie lo remedia, lo que puede ocurrir. Por mucho que se sentara a negociar e intentara lavar la imagen asegurando que se le plantearon «demandas poco razonables». Alcoa estuvo practicando el toreo de salón. Torear sin toro para no correr riesgos.

Hace años ya que los responsables de Alcoa dejaron ver su decisión sobre la factoría lucense. Cuando comenzaron a dejar caer que no les era rentable. Primero por el precio de la energía; luego por la cotización del aluminio y más tarde por el escaso provecho de un proceso productivo que llegaron a considerar obsoleto. Y a cada queja, a cada amenaza, se respondió con una lluvia de millones, hasta el punto de que a día de hoy es difícil saber la cantidad exacta de ayudas que se embolsó la empresa. Halló un camino ideal para satisfacer su ambición, porque de nada sirvieron que se abaratase la energía o que se disparase el precio del aluminio. Si fue un error imperdonable su privatización, más lo fueron los amparos que las administraciones le concedieron.

Pero aún más. A la vista de cómo acabaron las negociaciones de venta, con el rechazo de las ofertas de Liberty y del Gobierno, no es preciso preguntarse si Alcoa tuvo en algún momento vocación de vender su factoría. O si lo que hizo fue representar una comedia para tratar de justificar públicamente una actitud de empecinamiento que algunos vimos, y denunciamos, desde el mismo momento en que comenzó a lamentarse de las pérdidas. Con un rápido repaso de los hechos se adivina fácilmente su trayectoria, diseñada para llegar a donde estamos. Donde ella quería.

Si llamamos por su nombre al comportamiento empresarial, el diccionario es rico en calificativos. Chantaje. Chantaje permanente. O, si lo prefieren, extorsión. O coacción. Es lo que viene haciendo desde hace tiempo Alcoa con su factoría lucense. Con la pasividad y complacencia de todas las administraciones.

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