La mascarilla hace al monje


Uniforme como igualación. Alivio matutino y vocación de ocultar más diferencias. Había formas de expresar la clase, el reloj, los zapatos, rendijas por las que un ostentoso siempre puede meterse. El covid nos ha dejado la comunicación a medias. De todo el mundo nos falta media cara y las sonrisas han desaparecido de la calle. Se intuyen caras conocidas que no acabas de confirmar porque una de las sorpresas de los bozales es que hay personas que son intercambiables de nariz para arriba pero diferentes de nariz para abajo.

Ya casi no nos acordamos, pero Toda Esta Mierda arrancó con el mundo desabastecido de mascarillas. De abril hasta hoy mismo las fábricas se han puesto a chutar (como las de Armas durante la II GM) y hoy hay mascarillas bajo las piedras. Inevitable que un adminículo así, que debemos portar todos y cada uno de nosotros, se convirtiese en la nueva plataforma a través de la cual contar quiénes somos, como siempre ha hecho la ropa por mucho que algunos prefieran despacharla con una concesión a la frivolidad.

Ya encontramos máscaras de marca, feas y bonitas, saltonas... y muchísimas máscaras con la bandera de España, tan connotadísima en este santo país. Es como si aquellas banderas que se pusieron en los balcones se hubiesen escurrido hasta las narices.

Una mascarilla es el artefacto político del presente.

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La mascarilla hace al monje