De nuevo Pinocho


Se habla mucho estos días del derecho a la educación (que más que un derecho vamos viendo que es una obligación) y oportunamente llega a los cines una nueva versión de Pinocho. Digo que oportunamente porque el clásico de Collodi es la gran elegía sádica a la escolarización obligatoria. Para Pinocho todo se tuerce el día en el que, camino de la escuela, se entretiene con un teatro de marionetas y falta a clase. A partir de ahí, desgracias y más desgracias. Collodi, que era un progresista de la época, quería transmitirles a los niños italianos esa idea, cierta, de que es importante estudiar. Pero, madre mía, cómo se le fue la mano… Disney hizo lo que pudo por dulcificar la historia, y aun así le quedó una de sus películas más oscuras. Y aún más dura era la versión que rodó el gran Comencini para la RAI en los setenta, y que es la que los niños de mi generación tenemos en la cabeza. Ni la brillantez de la puesta en escena, ni la presencia de una gloriosamente conservada Gina Lollobrigida, que hacía de hada madrina, lograban compensar la fealdad de aquel mundo atroz y kafkiano en el que la redención era, como mucho, quedarse como estaba uno al principio.

Pero el libro es mucho peor todavía: a Pepito Grillo, el personaje simpaticote de la película de Disney, Pinocho se lo carga aplastándolo con un mazo; el hada es una niña que se muere de pena; a Pinocho le engañan, le pegan, le roban... La historia terminaba con que el protagonista moría ahorcado en un árbol, hasta que las protestas de los lectores obligaron a Collodi a seguir añadiendo episodios. Pero cada cosa que añadía era peor que la anterior: al niño de madera intentan freírle vivo, se comen su cuerpo los peces, le obligan a hacer de perro guardián... No se puede negar que Collodi era un genio, pero del terror. La Isla de los Juguetes, por ejemplo, es digna de Stephen King: los niños traviesos son conducidos allí con la falsa promesa de una diversión sin fin, para transformarlos luego mágicamente en burros y venderlos a una vida de maltrato. A Pinocho le entregan a un circo, se rompe una pata, intentan ahogarle, y luego desollarle para hacer un tambor con su piel. Lo peor es cuando ya se ha transformado en niño y se encuentra con un burrito que agoniza por las palizas de su dueño. Resulta que es su amigo, el pequeño Lucignolo, que muere en sus brazos al decir su nombre, en una de las escenas más crueles de la historia de la literatura italiana. Es verdad que al final Pinocho acaba siendo un niño escolarizado, pero a esas alturas uno ya se pregunta si no le merecería más la pena haberse quedado como un pedazo de pino en el aburrido pero tranquilo reino vegetal.

Hace años, cuando estaba en Toscana, y venciendo mi relación amor-odio con el libro, dejé que mis amigas Federica y Marcella me arrastrasen a ver aquel árbol en el cual, según la tradición, imaginó Collodi que el Zorro y el Gato ahorcan a Pinocho. Está en Gragnano, cerca de Lucca, donde vivió un tiempo el escritor. La gente de allí lo llama «la Quercia delle Streghe», el roble de las brujas. Era como revivir una pesadilla. Federica tarareaba la musiquilla de la serie de la RAI. «Ma dai! ¡Venga, es un cuento hermoso!», me decía Marcella, que lo debía haber leído en una de esas versiones censuradas en las que lo peor que le pasa al muñeco es que le crece la nariz. Decidí desviar el tema. Les expliqué a las chicas, como curiosidad, que en la letra del himno gallego también hay unos pinos que hablan y se quejan, como Pinocho. Pero, como no conocían la obra de Pondal, creyeron que les tomaba el pelo.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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