Insistiendo en los errores


Nos vamos a ir de este mundo sin entender cómo es posible que casi la mitad, el 45 %, de los fallecidos por coronavirus en Galicia, hayan sido residentes en centros de mayores. O que en Madrid hayan superado lo imaginable. Y aún más, somos incapaces de comprender cómo después de lo que aconteció en este sector en la primera oleada, siga siendo de los más afectados. Como tampoco se entiende que si se tomaron las medidas efectivas que nos dijeron haber tomado, continúe el rosario de muertos y contagiados en las últimas semanas. 

Los casos de las residencias de O Incio, Outeiro de Rei, Santiago, Vigo, Ourense, A Coruña, Madrid, Almería, Cádiz y un montón más hacen dudar de que sirviera de algo la experiencia de los primeros meses de la lucha contra la pandemia. El balance es catastrófico. Un total de 20.015 ancianos, el 68 % fallecieron en residencias españolas, aunque, como seguimos sin saber contar los muertos, Sanidad reconoció en julio que el número podría subir hasta los 27.359. Eso en julio. En Galicia casi la mitad, 305 de fallecimientos, ocurrieron en estos centros.

Decía Charles Darwin que uno de los graves errores de la historia es que la historia se repite. Se repite sin que aprendamos. Parece que no sirvió de mucho que la primera acometida del coronavirus nos abriera los ojos sobre la aterradora realidad de las residencias de tercera edad, del abandono de los internados y de la necesidad de actuar con urgencia, porque ahora se reincide en la situación en los mismos términos.

Podríamos entender lo ocurrido en los meses de primavera por el efecto sorpresa de la pandemia y el desconocimiento del funcionamiento de estos centros. Pero, aun aceptando que estamos hablando del sector más frágil ante el virus, lo que acontece resulta intolerable. Porque si, como nos cuentan, se extremaron las precauciones, restringieron las visitas y los internos permanecieron aislados, cómo es posible que se esté repitiendo la tragedia, aunque, afortunadamente, con un menor impacto. Habrá que preguntarse si el amparo que se les está dando es el suficiente. Que, por lo visto, no lo es. Y habrá que cuestionarse si entregamos las vidas de nuestros mayores a personas responsables y capacitadas. Que, por lo visto, tampoco.

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