Presidente, ministros, conselleiros ¿dónde estáis?


Vayamos con una verdad de entrada, para disipar dudas y espantar la demagogia: toda persona tiene derecho al descanso. Una norma fundamental, universal, incuestionable, recogida en el Estatuto de los Trabajadores. Pero que admite matices. Sobre todo en tiempos de excepción. Por las circunstancias actuales, por la ansiedad social, por la necesidad de certezas y de quien pueda darlas, este agosto no puede ser igual que otros. El momento es extraordinario, y requiere dirigentes a la altura. Lo era en marzo, en abril y en mayo, y hubo quien consiguió estar en su lugar, quien se creció ante la adversidad y quien se achicó o se puso de perfil. Para bien o para mal, todos quedaron retratados. En agosto cuesta encontrar a quien encaje en las dos primeras definiciones, básicamente porque no están. Se han ido. Han abdicado, quizá pensando que será la suerte, la propia inercia, o la sociedad a la que han pedido tanto sacrificio, la que les ayudará.

Los comercios se han tenido que adaptar a la pandemia, y a intentar superar tres meses de cierre obligado; pocos se han atrevido a tomarse unas semanas (días incluso) de descanso. Los bares tampoco se han arriesgado, en vista de que el otoño puede ser un largo invierno con la persiana bajada; mientras puedan, seguirán sirviendo. Mucha empresa privada busca cómo recuperar el tiempo perdido, o adelantarse ante lo que pueda venir en las próximas semanas. Sesteo el justo porque otra falta de previsión será fatídica.

Pero quienes deberían guiar y dar seguridad a todos ellos están ausentes ante una situación que empieza a parecerse a febrero. Entonces nuestros políticos pudieron alegar una ceguera involuntaria que se les ha perdonado con el paso del tiempo. Ahora no hay excusa para esta indolencia, de Pedro Sánchez al último conselleiro.

El caso más evidente está en la educación. Restan apenas 20 días (¡20 días!) para que los escolares regresen a las aulas. Las medidas presentadas por la ministra Isabel Celaá primero, y concretadas después de las elecciones gallegas por la conselleira Carmen Pomar, se pensaron en un contexto diferente, con una curva de contagios en declive, para un país no cercado por los rebrotes antes incluso de volver a las aulas. ¿Dónde están para dar seguridad a los padres, a los docentes, a empresas educativas, a proveedores de servicios en los colegios? Pudieron mirar lo que han hecho otros puntos de Europa estas semanas, pero no. Para el ministro de Universidades no merece la pena gastar más de unas líneas. Lleva ausente desde su propia toma de posesión; ha delegado todo.

Y en medio de todo ello, no pierdan de vista esta otra anomalía: Galicia celebró elecciones hace más de un mes, y hasta dentro de dos semanas no tendrá presidente formal, aunque su nombre se sabe desde las diez de la noche del 12 de julio. Gobiernos europeos invisten a sus dirigentes en apenas 48 horas. En Galicia, sin negociación necesaria para pactos, la dirección del Parlamento ni se ha planteado adelantar un calendario decimonónico. Como si aquí no pasara nada. Igual es que hasta lo creen.

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