Aplicaciones de rastreo, un éxito incierto


La palabra rastrear está de moda. Y no es para menos, porque en tiempos de pandemia uno de los procedimientos que se están utilizando para controlar la propagación del covid-19 es el rastreo de los contactos. Se necesita conocer a los más estrechos de las personas infectadas, rastrear quiénes son para saber si han sido infectados y, en ese caso, aislarlos e ir frenando la transmisión. Un trabajo que con un número elevado de contagios es inabarcable y muy ineficiente en resultados.

En todo el mundo, el rastreo se está realizando de esa forma, pero hay ya más de cuarenta países que han desarrollado aplicaciones para teléfonos inteligentes cuya finalidad declarada es el «rastreo automático» de contactos. Con ellas se detectan todos los posibles infectados, y se actúa, de manera casi automática, frenando así la propagación del virus.

Llegados aquí, se puede tener la tentación de pensar que el problema está resuelto y que basta con instalar la aplicación en el móvil de todos los ciudadanos y ¡listo! Pero el tema no es tan sencillo, y hay algunos obstáculos que pueden hacer fracasar el plan.

Un factor importante es la tasa de uso de la aplicación. Para ser útil, esta debe ser usada por un porcentaje alto de personas, se habla de mínimos del 60 %. Además, en países democráticos, esta tasa debería conseguirse mediante la información y concienciación social de la población, huyendo de métodos impositivos y obligatorios.

Otra cuestión a tener en cuenta es la ética. Los ciudadanos no deben tener ninguna duda acerca del uso de sus datos: cuáles, cómo y para qué son usados los recopilados por la aplicación. El anonimato debe ser absoluto y la información recopilada, la imprescindible. Asimismo, los escasos datos almacenados deben ser destruidos pasado un determinado tiempo.

La siguiente dificultad a salvar es la interoperabilidad (sobre ella los telecos sabemos algo). Las aplicaciones de los distintos países deben entenderse entre ellas. Pensemos en cualquier zona turística de España, en la que, sin interoperabilidad, se tiene, en situaciones de posible contagio, a personas de distintas nacionalidades, cada cual con su aplicación funcionando aisladamente, sin rastreo.

Pero también aparecen escollos tecnológicos. Las baterías de los teléfonos tendrán que soportar un importante y añadido consumo de energía, provocado por el uso intensivo del bluetooth y de la aplicación.

Conclusión: el éxito global de las aplicaciones rastreadoras, aparentemente grandes aliadas en la batalla para frenar las pandemias, no está plenamente asegurado; habrá que solventar, entre otras, cuestiones como la tasa de uso, la privacidad, la ética, la interoperabilidad y la tecnología.

Por Julio Sánchez Agrelo Decano del Colexio Oficial de Enxeñeiros de Telecomunicación de Galicia

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