Beirut y el «ave fénix»

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

Ed

09 ago 2020 . Actualizado a las 10:28 h.

Cada persona que cuenta el Beirut que visitó describe una ciudad completamente diferente. Quienes lo conocieron antes de la guerra te hablan de la próspera y elegante «París de Oriente Medio» en la que había catorce cines tan solo en la calle Hamra, tranvía, bancos enormes y elegantes hoteles decadentes como el Saint George, por cuyo vestíbulo deambulaban pilotos de líneas aéreas, espías británicos, millonarios saudíes y actrices famosas. Los compañeros periodistas que cubrieron allí la guerra civil recuerdan, en cambio, el centro completamente vacío y cómo la tierra de nadie que separaba Beirut Este y Beirut Oeste se llenó de vegetación. Cuando estuve yo, entre dos guerras —Beirut siempre está en un período de entreguerras—, el centro estaba ya reconstruido en un estilo neo-otomano, pero el verdadero casco histórico seguían siendo las ruinas de la plaza de los Mártires. En las terrazas te atendían camareros uniformados de blanco que hablaban un francés impecable, pero había puestos de control del ejército por todas partes y un campamento de protesta de Hezbolá frente al hotel. En todos lados se escuchaba el zumbido característico de los generadores eléctricos portátiles. Aquel ruido monótono era como el subconsciente de la ciudad, delataba que los libaneses no tenían confianza en el futuro.

Sí, Beirut es siempre igual y siempre distinto. Cada poco tiempo, como por obra de una maldición, la ciudad es destruida por un cataclismo y se ve obligada a rehacerse de nuevo. Ese cataclismo ha adoptado generalmente la forma de la guerra, pero no solo. Por ejemplo, esta semana la desgracia que ha visitado Beirut ha sido el fuego: 3.000 toneladas de nitrato de amonio almacenadas en el puerto han provocado una explosión tan potente que se pudo escuchar a 240 kilómetros, en Chipre. La sacudida se notó a lo largo de toda la costa del Mediterráneo oriental y sobre la ciudad se elevó un hongo de gas rojizo, como un trágico homenaje a los 75 años de Hiroshima. De momento se han contado más de un centenar de muertos y miles de heridos. El muelle donde se descargaba el trigo para alimentar al país se ha volatilizado. Un tercio de la ciudad ha sufrido daños. La red eléctrica, que nunca se recuperó del todo de la guerra, ha quedado en una situación precaria. El zumbido de los generadores, por lo visto, es ahora tan fuerte que parece que Beirut se hubiese convertido en un gigantesco avispero. Y probablemente lo sea.

Siempre que se habla de una ciudad que se destruye y se reconstruye a los escritores se nos viene a la cabeza el ave fénix, el ser mitológico que resurge de sus cenizas. Pero a ningún lugar se aplica mejor ese mito que a Beirut, que para muchas fuentes antiguas era, precisamente, el lugar de origen del ave fénix. La leyenda cristianizada, que es la que cuentan en el Líbano los griegos y los maronitas, dice que el ave fénix habría nacido de un rosal florecido bajo el Árbol del Bien y del Mal, en el Jardín del Edén, y que fue el único animal que no comió del fruto prohibido. Por eso cuando lo quemó el fuego de la espada de un ángel volvió a nacer de sus cenizas. Cada cierto tiempo, le sucede otra vez: arde en una pira de colores rojos y dorados, como dicen los testigos que ha sido el fuego de la explosión de esta semana, y luego, milagrosamente, surge de nuevo de entre el gris ceniciento con un plumaje nuevo de vivos colores. Tengo mis dudas sobre si Beirut habrá comido o no del fruto prohibido del Árbol del Bien y del Mal, pero espero y deseo que la leyenda se cumpla una vez más, como se cumplen las leyendas: cuando parece imposible.