Esta mirada está tan lograda que mete miedo, parece que el hombre del centro, corbata roja y mascarilla, fuese a tuitear que hay que aplazar las elecciones. Algún día se sabrá si Donald fue real o solo era un muñeco del Madame Tussauds que de cuando en vez estiraba las piernas para asustar al mundo, con especial atención a mexicanos y negros. Este Trump de cera encajaría al dedillo en la última sesión del Congreso español. Si uno pone la oreja todavía se escuchan esos aplausos a rabiar emergiendo de los escaños. Miles de megavatios de energía despilfarrados. Tal que si sus señorías fueran figuras articuladas especialmente diseñadas para aullar, reír y batir palmas. Ajenas a las infecciones, a la orgía de listas de parados, a las tiendas con el cartel de «se traspasa», a la desesperación cotidiana. Su tarea es aplaudir a su bancada. Ya han cumplido. De ahí las vacaciones agostíes que ahora comienzan. Lejos, cual Trump en el museo de cera, de la incómoda e impertinente realidad que les da de comer.

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Una vida de mentira