Malos tiempos para la cordura


La singularidad está prohibida. Y la culpa es de Marx, al que muchos siguen nombrando aun sin haberlo leído. Disculpen la chanza, pero la clave de algunos artículos de opinión reside en echarle la culpa a algo o a alguien, de lo que sea: si no, para qué escribimos. Somos hijos de la culpa, lo sabemos. Todo comenzó en ese período alicaído de la historia de la cultura: el que va desde el término de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados los sesenta del siglo pasado. Marx y Freud todo lo llenaban. No bastó comprender que el marxismo era una patraña, y un fracaso, para que la izquierda -avanzados los años setenta- continuase esa palidonia de preceptos. En España los ochenta sirvieron, en lo aparente, para librarnos de Marx definitivamente. O no. Porque su espíritu está tan presente en el mundo de la cultura que uno, que se aburría con Marx, piensa que vive en otra época. Que el mundo no ha avanzado. Y que las redes sociales son en realidad los émulos de las viejas teorías del filósofo de Tréveris. Creo que Marx inventó la tristeza de los revolucionarios. Su melancolía o su rencor son factores diferenciadores. España mira tanto al pasado que el día menos pensado se envolverá con él, nos entristecerá a todos y vuelta a empezar. Sentido común es lo que solicito: «De hombres es equivocarse; de locos, persistir en el error», enseñaba Cicerón.

En la gran era de la comunicación, esta que vivimos, nos comunicamos incluso sin tener nada que comunicar. Importa más el continente que el contenido. Y el mayor de los necios puede convertirse, vía redes sociales, en un referente social. De ahí el empeño de los muchachos en perpetuar la mayor de las hazañas para tener su protagonismo en las pantallas. En una lavandería, por ejemplo, las cámaras han grabado a dos adolescentes introduciéndose en una secadora con el ánimo de compartir tal hecho con sus seguidores. Los hay que se exponen ante las olas embravecidas del mar. Los que se fotografían al lado de trenes veloces. Los irracionales que no se protegen de la epidemia y la expanden. Y la culpa sigue siendo de Marx. Al Marx que no se supo leer y acabó en Cuba y China: una decoloración de sus teorías. Pocos como él estudiaron la política colonial británica (predijo la independencia de la India) y pocos alimentaron más el debate de las ideas. Pero la colectividad todo lo impuso. Y lo colectivo arribó a este páramo. Importa la vida de los otros, no la tuya. Lo que proyectas. No importas tú. Malos tiempos para la cordura. Y para Cicerón.

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