¿Y si los calvinistas tuviesen razón?

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Cuatro días de tensa reunión. No es mala noticia. Había interés. Máxime siendo conscientes todos los países de la Unión de vivir un momento crucial, incluso para el devenir inmediato de la propia Unión. Reino Unido ya es pasado en ese camino de idas y vueltas. Curiosamente los países pequeños, de suyo de ética protestante, han jugado al enroque y, a priori, ante el escepticismo complaciente de franceses y alemanes, que han mirado e incluso oteado desde la distancia inmediata el espectáculo, y no salen mal parados cuál árbitros de conveniencia.

Más créditos que subvenciones. Freno a la manga ancha y manirrota. Desconfianza a raudales, injusta pero que martillea como viejo e impenitente sambenito a los países latinos del sur, vieja ética calvinista frente a los países que abrazan un catolicismo de conveniencia. Como si aquélla fuere superior a la nuestra, con o sin Weber vigilando desde las atalayas sociológicas del pensamiento. España tiene que hacer deberes. Y muchos. Ya no vale lo hecho, poco y a trompicones después del rescate bancario. Sí, rescate, habida cuenta que Bruselas endilgó a la responsabilidad del Estado y no de las rescatadas la devolución multimillonaria para salvar el naufragio de las cajas de ahorro y el atragantamiento bancario.

Ahora se presta dinero y se endurecen las condiciones. Buen resultado a priori para España, pero, disipada la borrachera de un mediano éxito efímero -mejor esto que esperar a fin de año-, las pensiones, lo laboral, el desempleo, los recortes tienen que centrar la agenda del Gobierno y de la oposición. Y con máxima urgencia.

¿Cómo se compensará a otros países, máxime algunos cansados ya de fondos y fondos hacia el sur en ese eje hoy cada vez más distinto entre Norte y Sur de Europa, o lo que es lo mismo, entre la ortodoxia presupuestaria de aquellos y el ahorro y el margen fiscal, frente a los países latinos dadivosos con la ayuda pública, el fondo perdido, la subvención y poco escrupulosos en la corresponsabilidad, el margen fiscal y la ortodoxia presupuestaria?

¿Por dónde vienen los recortes, no solo en España sino también en la UE? Se ha aprobado por los presidentes y primeros ministros la partitura de un gran plan de reconstrucción. Ahora viene una letra pequeña, que significa aprobar unos presupuestos donde los recortes de otras partidas serán una de las cuestiones esenciales. Por vez primera se mutualizará una emisión de obligaciones, pese a los mil vetos hasta el presente esgrimidos y aferrados por los guardianes de la no mutualización de la deuda en la Unión. La máquina del dinero supone, lisa y llanamente, quitar de un lado para reintegrar en otro. Quién sufrirá o qué ámbitos verán reducidos sus ingresos, muchos, desde la investigación, descarbonización, migración, etcétera, a algo que han disfrutado en las casi tres últimas décadas un millón de europeos, los Erasmus.

Pero ese calvinismo triunfante lleva en su tridente algo que siembra y sembrará discordia, pero que, hasta cierto punto, es la razón de ser del enroque de estos cuatro días intensos y donde se ha demostrado, tal vez para colmar aún la esperanza en que Europa es algo importante, que unos fiscalizarán a otros. La serpiente en el túnel, de tal manera que esta vez las reformas nacionales, los ajustes, el destino último de cada euro vaya adonde se ha dicho que va a ir. Así de simple. Pero no será, sin embargo, sencillo. Norte y sur debaten algo más que ideología, son formas de ser, cultura, pensamiento y comportamiento donde el recelo y la desconfianza es, ha sido y de momento será, creciente.

El desastre económico que ha acarreado una crisis sanitaria en la que se ha llegado tarde por los gobiernos, también por la UE, cobrará un alto peaje a otras políticas y a otros fondos. También a la agricultura o a fondos de cohesión. No se llega a todo, tampoco se puede llegar. El maná es angosto y cada vez menos generoso.

Trasvasar partidas, significa, hoy día, relegar asuntos, materias y ámbitos que quedan supeditados a la reconstrucción. Nada garantiza ni la eficiencia absoluta de esta reconstrucción, ni menos la suficiencia de la dotación a cada país. Pero sí que la Unión Europea frenará el impulso en aquellas materias que ahora son sacrificadas o reducidas drásticamente, como la transición climática, la investigación y desarrollo, las fronteras, o la propia ayuda a empresas con enormes dificultades de solvencia y tesorería que, simplemente, en su caso, borran toda asignación.

El debate queda abierto. Ganan los calvinistas, ganan los jacobinos, ultramontanos de una ortodoxia férrea pero insensible. Unos pocos países han plantado cara y han cobrado voz con fuerza. No solo Holanda, también Austria, Finlandia, Suecia y algún otro se han quitado por fin la careta. Algunos les han aplaudido, otros les han denostado, mientras Macron y Merkel miran desde la barrera y han inclinado la suerte final de esta cumbre de reconstrucción necesaria para la propia supervivencia de la Unión pero también de todas las economías, incluidas las dos últimas y sobre todo el gigante exportador alemán. Sin liquidez, sin viabilidad, sin solvencia, de nada sirve ya importar y exportar. Sin crédito queda todo ahogado.

Mas la disputa era algo mayor que esa ecuación de subvención y préstamos en dos mitades iguales.

Hace meses, incluso años, todos se preguntaban dónde y hacia dónde iba la Unión Europea. Hoy sabemos que hay pulso, que hay latido, que los pequeños pueden ser fuertes si cohesionan un discurso, incluso duro y exigente. Un discurso que no gusta a quienes pocas veces cumplen ortodoxia, rigor, austeridad, equilibrio, seriedad y superávit. Y en eso, las éticas ya no sirven, solo el puño de hierro de quienes guardan las llaves de un tesoro que no están dispuestos a que los populismos y las demagogias baratas lo despilfarren. Así de claro. Esa era otra lucha entre calvinistas, weberianos y países del sur. O el viejo estigma. Ya no hay albiones a quienes culpar.

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