Señor Santiago


Este año 2020, hay que reconocerlo, nos ha salido bastante atravesado, feo y difícil. Pero, en la clasificación de años malísimos, anda muy lejos aún de la cabeza. Nada que ver con los de las grandes guerras, tan abundantes, o de las pestes que diezmaban el continente, o con aquel de 1918 en el que la mal llamada gripe española mató, según calculan, unos cincuenta millones de personas. El 2020 sigue muy por detrás de esos años malos, pero sobre todo, sigue muy por detrás del año 536, considerado por el medievalista Michael McCormick como el año de la historia más difícil de vivir.

Desde hace unas semanas ya se sabe por qué muchos se referían a esa época con expresiones que subrayaban su oscuridad. Fue físicamente oscura. Por lo visto, a principios del 536 la erupción de un volcán en Islandia esparció por Europa entera, Oriente Medio y parte de Asia una nube de cenizas que sumió la Tierra en tinieblas, día y noche, durante dieciocho meses. El sol no calentaba ni brillaba y las temperaturas cayeron, se perdieron las cosechas y comenzaron las hambrunas en todas partes. Pasada la oscuridad, se repitieron en el 540 las erupciones volcánicas. Casi inmediatamente, del 541 al 543 llegó la peste bubónica. No levantaron cabeza hasta más de un siglo después. Aquel sí que fue un mal año, que arrancó con un cambio climático no forzado por mano humana. Quizá ayude a explicar la rápida descomposición del Imperio Romano y la trabajosa entrada en la Edad Media.

La historia funciona así: con nuestra libertad que la impulsa pese a tantas variables que no controlamos. Quizá por eso todos los 25 de julio vamos a pedir a Santiago, amigo del Señor, que nos recomiende en las alturas.

@pacosanchez

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