Una tarjeta de visita mejorable

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El norte europeo tiene una obsesión enfermiza con el sur. No es nada nuevo, pero últimamente esa ofuscación se ha convertido ya en persecución. Pese al gran pacto contra la crisis por el que España se lleva 140.000 millones, 72.700 a fondo perdido, todo indica que el problema irá en aumento. Los países frugales, como les llamamos, no confían en nuestras capacidades; les disgusta el estilo de vida que llevamos; critican nuestra escasa laboriosidad y utilizan a su conveniencia los tópicos que componen nuestra lamentable imperiofobia.

Y es que, aun a costa de llevar unos cuantos zapatazos de los refinados, debemos aceptar que deberíamos aplicarnos en cuidar algo más nuestra imagen y evitar esos casos flagrantes de desprestigio que lastran nuestra presencia internacional. Porque lo de que somos perezosos, vivimos en una fiesta permanente y nos gastamos los fondos europeos en guateques y alcohol no deja de ser una idiotez que retrata a quien la utiliza.

Pero ignorando estas acusaciones, cierto es que hay episodios de nuestra existencia que en nada benefician el clima de confianza necesario en una unión de países amigos y socios. Los cientos de miles de millones que se nos fueron por los desagües con la corrupción y las incontables obras tan faraónicas como inservibles; las andanzas sentimentales y económicas del emérito, las entrañables familias que se tornan en organizaciones criminales; las aventuras de emancipación de los que dicen ser robados; las trifulcas políticas de todos contra todos, incluso en los peores tiempos de la pandemia, y los permanentes capítulos de indecisión y debilitamiento institucional no nos ayudan especialmente. Y si a ello añadimos que sufrimos el mayor paro de Europa, que la deuda pública la tenemos por las nubes y que no sacamos una reforma adelante, pues el panorama para pasar de los Pirineos con la cabeza alta no es el propicio.

No vamos a entrar en la guerra de atizar a quienes nos atizan. Nuestra misión es aplicarnos en acabar con todos esos lances que afean nuestras vidas y que alimentan nuestra falta de credibilidad y dañan la confianza. Hay que mejorar la tarjeta de visita. Y cuando lo hayamos conseguido, entonces hablaremos de los paraísos fiscales europeos y de las cantidades que anualmente los frugales mangan a los mismos que detestan.

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