Con Sísifo a la izquierda en Galicia


La izquierda gallega sumó el 12-J su enésimo revés electoral. Una nueva derrota, más dolorosa si cabe, a la vista de los antecedentes del carrusel electoral de 2018-19, de municipales, generales y europeas, en el que el PP de Galicia quedó situado en el escaso entorno del 30 % del voto, muy alejado de la verdadera mayoría social progresista que conforma la realidad sociológica de nuestra comunidad. Sin embargo, a pesar de la baja participación -o precisamente gracias a ella-, los bloques de derecha e izquierda resultaron virtualmente igualados en esta cita.

Como ocurre a veces con los penaltis, se puede decir que nos encontramos más ante un fallo del lanzador (la oposición) que ante un acierto del portero (Feijoo). En todo caso, en tanto que vencedor inapelable, hay que reconocerle su habilidad a la hora de contrarrestar un tablero sociopolítico que a priori tenía en contra, haciendo virtud de las que aparecían como sus principales carencias. Manteniendo la unidad de acción de la derecha, a pesar de la irrupción de Ciudadanos y Vox. Y, muy especialmente, alcanzando una fuerte desmovilización del electorado de izquierda, imprescindible en aras de la consecución de su nueva mayoría absoluta.

Con una participación en el entorno del 70 %, como la de citas anteriores, otro gallo le habría cantado al PP. De ahí la importancia de, virus mediante, haber materializado una bajada de unos 15 puntos, equivalentes al de su subida de voto. El adelanto electoral a abril respondía ya a esta estrategia, conocida de ocasiones anteriores (ya en 2012 y 2016 la participación superó apenas el 50%). Pero ¿estamos ante un éxito personal o ante un demérito de los contrincantes?

La oposición progresista, dividida en hasta cuatro formaciones, fue incapaz de conservar y rentabilizar su importante ventaja de partida, careciendo del talento necesario para presentarse ante la ciudadanía como una verdadera alternativa de gobierno que propiciara la necesaria movilización. La ausencia de voto útil jugó en detrimento de la posibilidad misma de esa gobernabilidad, con un tan abultado como irrelevante sorpasso y un 5 % de voto filopodemita perdido en la nada. Más preocupante, si cabe, cuando de hecho esa misma izquierda cogobierna España y es sabedora de su interdependencia a la hora de volver a cogobernar Galicia.

Al ciudadano se le hizo muy difícil visualizar una alternativa al Gobierno de Feijoo ¿No hubo ocasión de trasladar unos objetivos compartidos, si no ya un programa común de gobierno, de escenificar un cierto nivel de sintonía gubernamental? ¿No hubo oportunidad de mostrarse como verdadera opción real de gobierno? Resulta cuando menos curioso que fuese solo desde la derecha desde donde se plantease la posibilidad no nata de una coalición preelectoral, la de Ciudadanos con el PP.

La falta de alternancia no es buena para el país. Una izquierda útil para Galicia está abocada a entenderse frente a su estéril fragmentación actual y la preclaridad estratégica de la derecha. Comienza un nuevo ciclo para la construcción de una alternativa real de gobierno. El juego de la silla no debería hacer perder la perspectiva de la que debe ser una vocación última de transformación y mejora de las condiciones socioeconómicas de Galicia y su ciudadanía. Discusión y adopción de un programa común de gobierno, elección de un candidato único por medio de primarias abiertas a toda la ciudadanía, elaboración de candidaturas conjuntas a fin de maximizar votos y resultados… son algunas de las múltiples posibilidades en las que empezar a trabajar de manera compartida. El cambio progresista no debe hacerse esperar y debe servir para generar ilusión. De otra manera, como Sísifo, la izquierda de Galicia seguirá abocada a empujar la piedra hasta la cima para, una y otra vez, verla caer hasta los pies de la montaña.

Por Orestes Suárez Antón Doctor en Ciencias Políticas

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