Historias de árboles: olmo


Siempre me han gustado los olmos. El nombre viene de Ulmus, término con el que se denomina a un género de árboles caducifolios, de porte esbelto y con características hojas asimétricas en la base. En el mundo rural los olmos han tenido históricamente un papel simbólico; en torno su sombra, en muchos pueblos castellanos, se han celebrado durante siglos las reuniones más importantes y decisivas de la comunidad.

En Galicia lo conocemos como lameira, y, aunque no son frecuentes, están presentes en algunos bosques, desde As Fragas do Eume al río Lor en O Courel. En el resto de la Península los negrillos eran frecuentes, pero la grafiosis acabó con cerca de seis millones de ejemplares en nuestro país. Los olmos eran también comunes en parques y jardines pero, como en A Coruña y Lugo, han sucumbido a la enfermedad.

La grafiosis del olmo es una pandemia que entró en España a mediados de la década de los 30, cuyo patógeno responsable es el hongo Ceratocystis ulmi. A principios de los años setenta sobrevino una nueva especie de mayor virulencia denominada Ceratocystis novo-ulmi. Ambas bloquean el movimiento de la savia por los vasos del árbol, lo que provoca un fuerte marchitamiento foliar, su defoliación, y la muerte posterior. La enfermedad se transmite por tres coleópteros que portan consigo las esporas de los hongos.

Aunque su historia natural no sea tan conocida, su nombre está presente en muchas calles de nuestras ciudades, «Paseo de los Olmos», y en nuestro lenguaje, «Pedir peras al olmo». Esta expresión, tan utilizada, hace referencia a que el olmo tiene sus propios frutos y que por tanto no nos dará peras; dicho de otro modo, no debemos esperar de alguien lo que naturalmente no puede provenir de su educación, de su carácter o de su conducta.

El nombre Olmo es poco común, aunque se popularizó a raíz del clásico cinematográfico de Bernardo Bertolucci Novecento, uno de cuyos protagonistas es el joven Olmo Dancò, interpretado por Gérard Depardieu. Un documental titulado Me llamo Olmo reivindica recientemente este nombre cuyo registro fue prohibido a comienzos de los años ochenta por un juez de Jaén; llamar Olmo a un hijo era una forma de reivindicación política.

Yo solo conocí a un hombre llamado Olmo, era el conductor del coche de línea de Quiroga a Seoane do Courel; era un hombre pulcro y serio que conducía con templanza en medio de la nieve o con sus gafas haciendo frente al sol de julio. Los numerosos viajes de mi tesis doctoral hicieron que se estableciera entre nosotros una cierta amistad y que aquellas carreteras me parecieran menos peligrosas con él al volante; siempre pensé que un conductor con ese nombre era un buen comienzo para un botánico.

Me he centrado en los olmos no porque mi perro tenga ese nombre, sino porque el olmo de Navajas, en Castellón, que ha acompañado a los vecinos desde 1600, ha sido elegido el Mejor Árbol de España en el 2019. Seguro que cualquier lector podría elegir otro, pero si miramos los árboles como la conexión viva con nuestras vidas los valoraremos más.

Por Javier Guitián Rivera Biólogo y catedrático de Biología Vegetal de la USC

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