Insulto, naturalizado

E. Parra. POOL

Felicidades a los grandes insultadores, que últimamente abundan en este país. Felicidades, porque el insulto acaba de alcanzar prestigio y respaldo institucional. Se lo dio nada menos que el vicepresidente segundo del Gobierno, don Pablo Iglesias Turrión. Y no se lo dio en una barra de taberna ni en una alegre sobremesa, sino en el Palacio de La Moncloa y antes de comer. Y no fue cuando paseaba por los jardines, ni en ningún confianzudo off the record, sino ante los micrófonos desde los que se informa solemnemente de los acuerdos del Consejo de Ministros. Lo que ahí se dice tiene para la política la relevancia que los mensajes del papa tienen para la religión católica cuando habla ex cátedra. El recado del señor Iglesias es que se debe naturalizar el insulto. Naturalizar, según el diccionario, es admitir como natural. Y, si algo es natural, está en la propia esencia del ser humano. Que nacemos con ello, vamos.

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