Me contó que estaba desesperada, que la había agarrado cuando faltaba una décima de segundo para que saltara por la ventana. Fue en pleno confinamiento cuando la situación se agravó. Me dijo que el psiquiatra que llevaba a su hermana «no quería estar», y así fueron malviviendo los terroríficos días hasta que la mente de aquella mujer se derrumbó. Y no por coronavirus, aunque el bicho sí ayudó. La llevaron al hospital, y encontró a un médico, joven, que le salvó la vida. Escuchó y actuó, y evitó que la soledad de aquella sala fría helase la vida de la enferma con un simple gesto: permitió, frente a las normas, que las hermanas se diesen la mano y se acompañasen. Nada más. La edad no está reñida ni con el sentido común ni con la humanidad.

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Joven y humano