Lubina vendida y xurelos en disputa


Un debate a siete es un no debate. La teoría de George Miller, una eminencia de Harvard, sostiene que un joven adulto no puede registrar más de siete ítems en su memoria de corto plazo. Creo que la ley Miller sobrestima nuestra capacidad. Dudo que un solo espectador, excluidos los que nos dedicamos a esto por trabajo o vocación, recuerde los nombres de los siete aspirantes a la presidencia de la Xunta que vieron anoche en pantalla. Pregunten ustedes. Todos citarán a Feijoo, la mitad tal vez haya retenido los nombres de Gonzalo Caballero o de Ana Pontón, y uno o dos se trastabillarán al mencionar a un tal Gómez-Reino. De Pancho Casal, Beatriz Pino o Ricardo Morado solo se acordarán, vagamente, algunos de sus vecinos o allegados: «Onte vinte na televisión». Si en vez del nombre preguntamos qué dijeron, solo una mente privilegiada será capaz de recordar y atribuir a cada uno de los siete intervinientes un concepto, una idea, una frase o un mero chascarrillo.

Los debates ya no son lo que eran: la confrontación de dos proyectos y un intercambio de golpes entre quien defendía el cetro y quien aspiraba a arrebatárselo. Los inauguraron Fraga y Sánchez Presedo en 1993. El último, entre Feijoo y Pachi Vázquez en 2012. En medio, una partida a tres -Touriño, Quintana, Feijoo- que también tenía sentido, porque dos ocupaban el poder y el tercero aspiraba a desalojarlos. Aquellos debates, al menos en teoría, podían cambiar el curso del Amazonas. Por eso siempre los aceptaron a regañadientes quienes gobernaban. Suponían un riesgo para ellos y una oportunidad para el contrincante. Pero la fragmentación política devaluó los debates por acumulación de extras. Los gobernantes, llámense Sánchez o Feijoo, están de enhorabuena: a más jugadores, menores riesgos corren y más sobresalen sus figuras entre la melé.

Anoche no hubo debate, pero sí puesta en escena y minutos de televisión. Se representaba la obra Feijoo contra todos y todos contra Feijoo. Pero no nos engañemos: la escenografía múltiple resultaba propicia y favorable al candidato popular. Lo colocaba, no solo físicamente, en el centro político del escenario. Entre el fuego cruzado de quien, como Vox, le reprocha su deriva nacionalista y de quien, como Gonzalo Caballero, le endilga los pecados del PP de Casado. Pero, sobre todo, situaba el no debate en el punto que quería: hacernos ver que solo existe un líder y ninguna alternativa. O muchas, que, en política, suele significar lo mismo: ninguna. Lo dejó claro desde el minuto inicial: o un Gobierno que gobierne o un multipartito formado con los variopintos mimbres que me rodean.

El resto del tiempo, hasta donde llegué, Feijoo se limitó a encajar estoicamente los golpes. Algunos al mentón, especialmente algún zurdazo de Ana Pontón, pero en general leves. Salió indemne. Quizás sus seis contrincantes acudieron a la cita sabiendo que la lubina ya está vendida y que, con sus ataques al mayorista, en realidad solo estaban disputando el reparto de los xurelos de la oposición.

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