La juerga del antirracismo


Me comentaba esta semana Javier Reverte lo que le había gustado un libro editado por mí hace bastante tiempo y que probablemente yo le haya enviado entonces. Se ve que lo tenía apartado para leer y los años pasaron por el libro como por el arpa del rincón de Bécquer. Se titula Un país maravilloso, y narra los viajes a mediados del siglo XIX, justo antes de la guerra de secesión, de un juez de Nuevo México, Samuel W. Cozzens, por ese estado y por Arizona. Conoce a los apaches, entre ellos el famoso Cochise, y habla con ellos en español; pero, sobre todo, se dedica a visitar villas, iglesias y ruinas del tiempo de Hernán Cortés. En sus primeras páginas, cuando uno de sus acompañantes muere por un ataque indio, el médico que los acompaña recita de memoria el emocionante poema que Charles Wolfe dedica a sir John Moore en nuestro Jardín de San Carlos. 

Ahora, en cambio, los norteamericanos desconocen su historia y le lanzan pintura a Cervantes, que fue esclavo, que hizo que don Quijote liberara a una cadena de presos, que fundó, no el idioma, pero sí la narrativa moderna en español, que desde entonces se llama la lengua de Cervantes.

La historia no se puede cambiar, más que en El Ministerio del Tiempo, cuyos derechos podrían comprar para sus televisiones los yankies. Pero para la afición iconoclasta, que siempre fue una diversión peligrosa, porque se suele acabar sacando la guillotina del trastero, no hay límites. Sobre todo cuando la incultura es la base de las más firmes convicciones.

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