Tres mujeres gallegas


La vida, el pulso o la actualidad de España pasa estos días por tres mujeres gallegas. Las voy a citar por orden alfabético de su apellido: Nadia Calviño, Yolanda Díaz y Ana Pastor. Tres damas, tres partidos distintos, y las tres unidas por dos palabras que las definen: valía y consenso. De Nadia escribí ayer en estas páginas. Solo puedo añadir que su padre, José María Calviño, 76 años, es natural de Lalín y «su niña» pasó con él sus vacaciones en Galicia desde que nació. Yo la he visto en los veranos de A Toxa y nadie podía decir que aquella cría que empezaba a andar llegaría tan alto. Hoy puede presumir de que se lanza a la batalla por la presidencia del Eurogrupo con el mayor respaldo. Es una mujer con un extraño privilegio: ha superado la barrera de las ideologías y suscita el mismo entusiasmo y deseo de éxito en el PP que en Podemos, pasando, naturalmente, por el Partido Socialista.

Yolanda Díaz, como se sabe, es natural de Fene y termina las entrevistas diciendo «graciñas». Fue desconocida para el gran público hasta su nombramiento como ministra de Trabajo. Pasó de un despacho de abogada laboralista a defender a los trabajadores con su firma en el Boletín Oficial del Estado. Sus primeros pasos y palabras fueron polémicas. En medio año se convirtió en una de las figuras fundamentales del Ejecutivo. Anda por la política con humildad, da la impresión de trabajar las 24 horas del día y acaba de lograr un gran acuerdo: el que permite la prolongación de los ERTE hasta el 30 de septiembre. Ha sido una negociación larga, compleja y con interlocutores difíciles, como son las patronales y los sindicatos. El pacto final permite respirar a las empresas y protege a cientos de miles de trabajadores que aún no pudieron volver a sus empleos. Si no se lograse este acuerdo, hoy seguramente estarían en las listas del paro.

Y Ana Pastor: la zamorana de nación que pidió la nacionalidad gallega. Ella fue la milagrera que hizo pasar al Partido Popular del «no es no» tan sanchista al «vamos a entendernos». Gracias a ella y a sus buenos oficios ante el Gobierno y ante su propio partido, el jueves el PP pudo votar a favor del decreto de la «nueva normalidad». Tampoco ningún decreto de este Gobierno había conseguido tanto respaldo parlamentario. Ana demostró una vez más su capacidad de diálogo y de convicción, aunque no necesitaba hacerlo después de una larga biografía que ganó el respeto general. Y ahora tiene ante sí otro desafío, fruto de la oferta que hizo al ministro Illa: negociar la reforma de la sanidad. En los primeros días de julio tendremos noticias, pero, estando en manos de Ana Pastor, podemos asegurar que veremos el primer pacto de Estado. Felicidades anticipadas.

Los lectores se preguntarán cuál es la tesis de esta crónica: pues no tiene ni quiere tener ninguna tesis. Solo es una pequeña expresión de orgullo gallego. De orgullo gallego nacional.

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