El confinamiento que provocó el covid-19 ha traído consigo muchos cambios a nuestras vidas. Algunos vienen para quedarse, como por ejemplo el teletrabajo. Desde el mes de marzo hemos trabajado desde casa intentando compatibilizar nuestra vida personal y laboral. Con el paso de los días empezamos a descubrir que las ventajas e inconvenientes de este sistema son mucho más complejas de lo que imaginábamos. Sobre todo por lo que se refiere a la conciliación de la vida laboral y personal. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la manera en que hemos resuelto nuestras obligaciones laborales durante el confinamiento, no es realmente teletrabajo. Si vamos a incorporar esta fórmula a la nueva normalidad tendrá que ser con unas reglas bien definidas.
En estos momentos nos enfrentamos al reto de incorporar el teletrabajo a una sociedad acostumbrada al trabajo presencial, en el que muchas veces se mide el esfuerzo por las horas que se pasan en la oficina. Igualmente, las empresas habrán de hacer inversiones en equipamiento para facilitar el acceso de sus trabajadores. Las pymes tendrán que afrontar este nuevo desafío si quieren ganar la carrera de la competitividad.
El seguimiento de la puesta en marcha de la medida está sacando a la luz los efectos negativos del teletrabajo para las mujeres. Estas han sufrido un incremento de la carga de tareas con las obligaciones domésticas y los cuidados, y en muchas ocasiones se han visto obligadas a reducir su jornada laboral. Todo apunta a que nos enfrentamos a un nuevo riesgo para garantizar el desarrollo profesional de las mujeres en igualdad de condiciones.