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Libros que respiran

César Casal González
César Casal EN TINTA CHINA

OPINIÓN

Ruiz Zafón, en una imagen del 2016 cedida por la editorial Planeta
Ruiz Zafón, en una imagen del 2016 cedida por la editorial Planeta FERRAN NADEU

20 jun 2020 . Actualizado a las 09:42 h.

Ese es el extraordinario mérito de Carlos Ruiz Zafón, que nos ha dejado a los 55 años por culpa de un cáncer de colón que llevaba desde el 2018 amargándole la vida. Justo a él que, con La sombra del viento, nos la endulzó a todos con la hermosa historia de Daniel Sempere y demás personajes que, como a Zafón, querremos para siempre. Su libro estrella, el más difundido en castellano en el mundo tras El Quijote, era la catedral, la sagrada familia, de una tetralogía en la que los otros tres volúmenes eran bellas iglesias que de alguna manera completaban la narración principal. El milagro que esperaba Zafón para salvar su vida no se dio, pero sí lo consiguió él en esas miles de paginas que nos ha regalado con seres que respiran, aman, luchan y se desesperan como cualquiera de nosotros. El autor era mucho más que el inventor del cementerio de los libros olvidados, bello corazón diamantino de su tetralogía. Antes publicó una trilogía de la niebla de supuesta literatura juvenil, que es mucho más que simple obra de género.

Y es que Zafón hacía cine con todo lo que escribía. El cine era una de sus grandes pasiones como el jazz o coleccionar dragones. Una página te llevaba a leer la siguiente. Cortaba los capítulos como quien corta el aliento y te obligaba así a coger rápido la siguiente bocanada de páginas. Era muy reservado y la avalancha de fama mundial que le cayó encima con la Sombra del viento la asumió como pudo. Vivía en Los Ángeles, aunque sus libros dejan claro que amaba Barcelona por encima de todas las cosas. Solo amó algo más que a Barcelona y a la fauna espléndida de humanos que creó con sus novelas. Fue a su mujer MariCarmen, con la que decía que formaba una nación de dos. Esta frase resume la calidad de la escritura de Ruiz Zafón. Un súper ventas que lideró la lista como número uno del New York Times durante meses, primer español que lo lograba, pero que no entregaba solo dosis de acción y enredo a sus devotos lectores. Les inoculaba una prosa casi poética saturada de nostalgia y melancolía. Sabía mirar al pasado como si todo lo retratase en sepia. Su último email, escrito al periodista catalán Sergio Vilà SanJuán demuestra su calidad humana y el toque de Messi que, con las palabras, tenía Zafón. Anunciaba su final. Pero con el estilo que lo definía. «Mis reservas de entereza y fortaleza están como los pantanos esos en años de sequía donde asoman campanarios y otras ruinas. Esta guerra le va consumiendo a uno de mala manera y cada vez se hace más difícil plantarle cara». 55 años apenas. Se me han quedado las manos frías improvisando estas letras.

Prematuro adiós a un seductor dragón literario

Miguel Lorenci

«La literatura es una amante cruel, pero conmigo ha sido bondadosa». Lo agradecía Carlos Ruiz Zafón, el escritor español más leído en las últimas décadas, un seductor dragón de las letras fallecido ayer con 55 años en su casa de Los Ángeles. Con mucha carrera por delante, un cáncer diagnosticado en 2018 segó la vida del narrador barcelonés, el autor de La sombra del viento, primera novela de una fabulosa tetralogía de aromas góticos a la que dedicó quince años y que vendió casi 30 millones de ejemplares.

Nacido el 25 de septiembre de 1964 (el año del Dragón) en Barcelona (la ciudad de los dragones que glosó en su obra), Ruiz Zafón coleccionaba las míticas criaturas que sedujeron a su admirado Antoni Gaudí. Atesoraba más de 400 de estos saurios de leyenda y los lucía siempre en anillos y pines. Estudió con los jesuitas, no acabó Ciencias de la Información y fue un brillante creativo publicitario hasta que en los noventa decidió irse a EE.UU. y dedicarse a la literatura. Tocaba el piano, sintetizadores, ordenadores y «todo lo que se pueda teclear y haga ruido», repetía el escritor, a quien interesaban la música, la arquitectura, el cómic, la historia y el cine. Un cinéfilo, por cierto, que se negó a que sus libros se llevaran a la pantalla.

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