Sobre España y su dislexia política

Europa Press

El Gobierno y el Banco de España, la UE, el FMI, las ONG, los economistas mediáticos, los programas de famoseo y el camarero de la esquina coinciden en que, como consecuencia de la pandemia más grave de los últimos cien años, el mundo, Europa, España y la provincia de Zamora se enfrentan a una crisis económica y social de proporciones bíblicas. De ello deducen, como es lógico, que, con independencia de la puntual activación de recursos como los ERTE, la renta básica, las prestaciones por desempleo, las ayudas a empresas y autónomos y la lucha directa contra el hambre, hay que «reconstruir el país».

La idea de reconstruir el país, formulada en términos tan atractivos como imprecisos, supone una vuelta subconsciente al lenguaje bélico con el que habíamos iniciado la gestión de la pandemia, por lo que sugiere que un poderoso y perverso enemigo, dotado de una fabulosa capacidad de destrucción, invadió nuestro país no solo para vencernos y arrasarnos, como se hacía en las guerras de antes, sino para humillarnos, poner en cuestión nuestro bienestar y nuestro modelo de vida, y comprometer la continuidad de algunos servicios tan esenciales y emblemáticos como la sanidad, la atención social y la educación.

Lo curioso es que en cuanto nos hartamos de tertulias y fake news, cortamos la conexión con las webs más espectaculares e inseguras, y huimos como gatos escaldados de los debates parlamentarios, todos los ecos audibles de esa sociedad atribulada se centran en nuestros deseos de viajar, de abrir restaurantes, terrazas y salas de fiestas, de ponernos en lista de espera para construir la piscina, y en volver a las tiendas y centros comerciales, haciendo un resumen apresurado que tiene dos tópicos -uno sentimental y otro material- propios del lenguaje correcto: besar al abuelito (reconvertido en una especie de mascota de la sociedad confinada), o enterrarlo dignamente, si vivía en una residencia; y tomar una cervecita fría en una terraza con los amigos. ¿Serán estas las dos Españas de Machado? ¿O será que estamos enfermos de una grave dislexia política que nos hace pensar en una cosa y hablar de otra radicalmente distinta?

Sea lo que sea, resulta sorprendente que las soluciones que había que darles a los chiringuitos y discotecas están más avanzadas que las que tienen que ver con el inicio del curso escolar. Que la normalidad turística, las segundas residencias y la reanudación del fútbol, los toros y las fiestas populares tienen mejores perspectivas que los acuerdos sobre presupuestos y reconstrucción económica. Que la opción de gastar y endeudarse genera más consenso que el empeño en normalizar la producción y el comercio. Y que la parte de la sociedad que es «alegre y confiada» domina en este momento el lenguaje banalizado de la nueva normalidad -como paso intermedio-, y de la vuelta a las andadas -dejémoslo claro- como objetivo real y prioritario de los españoles.

¿Y a quién le vamos a pasar la factura de lo que somos, decimos y hacemos? A Bruselas, of course.

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