¡El rey no ha muerto! ¡Ay del exrey!


El principio que se manifiesta en la proclama «¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!» implica que la Corona siempre está ocupada, pues, fallecido un monarca, el heredero ocupa su lugar, sin solución de continuidad, es decir, desde el momento mismo en que ha tenido lugar el hecho sucesorio. Pero, junto a ese significado explícito, la proclama supone también, implícitamente, que la transmisión de la Corona se produce casi siempre mortis causa, de forma que, recordando el dicho popular, a rey muerto, rey puesto.

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